Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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tisfacerle sin repugnancia en sus gustos, sean de la naturaleza que sean; luego, que le
haga entender que semejantes complacencias merecen sobradamente algunos miramien-
tos; que pida una libertad total en razón de la que otorga. Entonces el marido niega o
consiente; si consiente, como ha hecho el mío, una mujer vive tranquila, redoblando los
cuidados y las condescendencias para con sus caprichos; si se niega, hay que espesar
los velos, y entonces una jode tranquilamente a su sombra. ¿Que es impotente? Una se
separa, pero, en cualquier caso, ha de vivir a gusto; hay que joder siempre, amor mío,
porque nosotras hemos nacido para joder, porque cumplimos las leyes de la naturaleza
jodiendo, y porque toda la ley humana que contraría las de la naturaleza no merece otra
cosa que el desprecio.
Vive muy engañada la mujer a la que nudos tan absurdos como los del himeneo impi-
den entregarse a sus inclinaciones, que teme bien el embarazo, bien los ultrajes de su
esposo, o la mancilla, más vana aún, de su reputación. Acabas de verlo, Eugenia, sí,
acabas de sentir cuán engañada está, cómo inmola vilmente a los más ridículos prejui-
cios tanto su felicidad como todas las delicias de la vida. ¡Ah! ¡Que joda, que joda im-
punemente! Un poco de falsa gloria, algunas frívolas esperanzas religiosas, ¿podrán
compensarla de tales sacrificios? No, no, tanto la virtud como el vicio se confunden en
la tumba. Al cabo de algunos años, ¿exalta el público más a unos de lo que condena a
otros? ¡No, una vez más, no, y no! Y la desgraciada que haya vivido sin placer, expira,
¡ay!, sin compensación.
EUGENIA: ¡Cómo me convences, ángel mío! ¡Cómo triunfas de mis prejuicios!
¡Cómo destruyes todos los falsos principios que mi madre había puesto en mí! ¡Ay!
Quisiera estar casada mañana mismo para poner al punto en práctica tus máximas. ¡Qué
seductoras son, qué verdaderas, y cuánto las amo! Sólo una cosa me inquieta, querida
amiga, en lo que acabas de decirme, y como no lo entiendo te suplico que me lo expli-
ques. Pretendes que tu marido no se comporta, durante el goce, de forma que pueda te-
ner hijos. Dime, por favor, ¿qué es lo que te hace entonces?
SRA. DE SAINT-ANGE: Mi marido era ya viejo cuando me casé con él. Desde la
primera noche de bodas me previno de sus fantasías, asegurándome que por su parte
jamás pondría obstáculos a las mías. Juré obedecerle, y desde esa época siempre hemos
vivido los dos en la más deliciosa libertad. El gusto de mi marido consiste en que se la
chupe, y mira el singularísimo episodio que une a esto: mientras que, inclinada sobre él,
con mis nalgas a plomo sobre su rostro, absorbo con ardor la leche de sus cojones, ten-
go que cagarle en la boca... ¡Lo traga!...
EUGENIA: ¡Vaya fantasía extraordinaria!
DOLMANGÉ: Ninguna puede ser calificada así, querida; todas están en la naturaleza;
le plugo, al crear a los hombres, diferenciar sus rostros como sus figuras, y no debemos
asombrarnos de la diversidad que ha puesto en nuestros trazos más que de la que ha
puesto en nuestros afectos. La fantasía de que acaba de hablaros vuestra amiga no pue-
de estar más de moda; una infinidad de hombres, y sobre todo los de cierta edad, se en-
tregan a ella prodigiosamente; ¿os negaríais, Eugenia, si alguien la exigiera de vos?
EUGENIA, enrojeciendo: Según las máximas que me son inculcadas aquí, ¿puedo
negarme a algo? Sólo pido perdón para mi sorpresa: es ésta la primera vez que oigo to-
das esas lubricidades; es preciso, en primer lugar, que las conciba; pero de la solución
del problema a la ejecución del procedimiento, creo que mis preceptores deben estar se-
guros de que no habrá nunca más distancia que la que ellos mismos exijan. De cual-