Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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quier modo, querida, ¿ganas tu libertad a cambio del consentimiento a esta complacen-
cia?
SRA. DE SAINT-ANGE: La libertad más total, Eugenia. Hago por mi parte lo que
quiero, sin que él ponga obstáculos, pero no tomo amantes: amo demasiado el placer
para eso. ¡Pobre de la mujer que se ata! ¡Basta un amante para perderla, mientras que
diez escenas de libertinaje repetidas cada día, si ella lo quiere, se desvanecerán en la
noche del silencio tan pronto como estén consumadas! Yo era rica: pagaba a jóvenes
que me jodían sin conocerme; me rodeaba de sirvientes encantadores, seguros de gustar
los más dulces placeres conmigo si eran discretos, también de ser despedidos si decían
una sola palabra. No tienes idea, ángel mío, del torrente de delicias en que me sumergí
de esta manera. Ésa es la conducta que siempre prescribiré a todas las mujeres que quie-
ran imitarme. Desde hace doce años que estoy casada, me han jodido más de diez o do-
ce mil individuos... ¡y en mi sociedad me creen mojigata! Cualquier otra habría tenido
amantes, y al momento habría estado perdida.
EUGENIA: Esta máxima es la más segura; y será por supuesto la mía; es preciso que,
como tú, me case con un hombre rico y sobre todo con un hombre de fantasías... Pero,
querida, tu marido, estrictamente ligado a sus gustos, ¿no exigió nunca otra cosa de ti?
SRA. DE SAINT-ANGE: Nunca, desde hace doce años no se ha desdicho un solo
día, excepto cuando tengo mis reglas. Una joven muy hermosa, que él ha querido que
tome a mi servicio, me reemplaza entonces, y todo va a pedir de boca.
EUGENIA: Pero sin duda él no se queda ahí; ¿no concurren exteriormente otros obje-
tos a diversificar sus placeres?
DOLMANCÉ: No lo dudéis, Eugenia: el marido de la señora es uno de los mayores li-
bertinos de su siglo; gasta más de cien mil escudos anuales en los gustos obscenos que
vuestra amiga acaba de pintaros hace un instante.
SRA. DE SAINT-ANGE: A decir verdad, tampoco yo lo dudo; pero ¿qué me importan
a mí sus excesos cuando su multiplicidad autoriza y oculta con un velo los míos?
EUGENIA: Sigamos, te lo ruego, el pormenor de las maneras con que una joven, casa-
da o no, puede preservarse del embarazo, porque he de confesarte que ese temor me asus-
ta mucho, sea con el esposo que debo tomar, sea en la carrera del libertinaje; acabas de
indicarme una al hablar de los gustos de tu esposo; pero esa forma de gozar, que puede
ser muy agradable para el hombre, no me parece que lo sea tanto para la mujer, y es de
nuestros goces exentos de unos riesgos que temo de lo que deseo que me hables.
SRA. DE SAINT-ANGE: Una joven nunca se expone a tener hijos mientras no se la
deje meter en el coño. Que evite con cuidado esa manera de gozar; que ofrezca en su lu-
gar indistintamente su mano, su boca, sus tetas o el ojete de su culo. Por esta última vía,
recibirá mucho placer, e incluso más que por otras partes; de las demás maneras, lo dará.
A la primera de esas formas, quiero decir, a la de la mano, se procede como acabas de
ver, Eugenia: una sacude, como si lo bombease, el miembro de su amigo; al cabo de al-
gunos movimientos, el esperma salta; el hombre te besa, te acaricia durante ese tiempo, y
cubre con ese licor la parte de tu cuerpo que mejor le place. ¿Que lo quiere hacer metido
entre los senos? Nos tendemos en la cama, colocamos el miembro viril en medio de los
dos pechos, lo presionamos, y al cabo de unas cuantas sacudidas el hombre se corre de tal
modo que nos inunda las tetas y algunas veces la cara. Esta manera es la menos voluptuo-
sa de todas, y sólo puede convenir a mujeres cuyo pecho, a fuerza de servicio, haya ad-
quirido suficiente flexibilidad para apretar el miembro del hombre comprimiéndose sobre