Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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él. El goce de la boca es infinitamente más agradable, tanto para el hombre como para la
mujer. La mejor forma de gustarlo es que la mujer se tienda a contra sentido sobre el
cuerpo de su jodedor; te mete la polla en la boca y, con la cabeza entre tus muslos, te de-
vuelve lo que le haces, introduciéndote su lengua en el coño o sobre el clítoris; cuando se
adopta esta postura hay que agarrar, empuñar las nalgas y cosquillearse recíprocamente el
agujero del culo, episodio siempre necesario para el complemento de la voluptuosidad.
Amantes calientes y llenas de imaginación tragan entonces la leche que exhalan en su bo-
ca, y gozan delicadamente de este modo el placer voluptuoso de hacer pasar mutuamente
a sus entrañas ese precioso licor, malvadamente escamoteado a su destino usual.
DOLMANCÉ: Esta forma es deliciosa, Eugenia; os recomiendo su ejecución. Echar a
perder así los derechos de la propagación y contrariar de esta forma lo que los tontos lla-
man leyes de la naturaleza, está realmente lleno de encantos. Los muslos, las axilas, sir-
ven a veces también de asilo al miembro del hombre, y le ofrecen reductos donde su se-
milla puede perderse sin riesgo de embarazo.
SRA. DE SAINT-ANGE: Algunas mujeres se meten en el interior de la vagina espon-
jas que, al recibir el esperma, le impiden lanzarse en el vaso que lo haría propagarse;
otras obligan a sus jodedores a servirse de una bolsita de piel de Venecia, vulgarmente
llamada condón, donde la semilla corre sin riesgo de alcanzar la meta; pero de todas
estas maneras, la del culo es la más deliciosa indudablemente. Dolmancé, os dejo que
disertéis sobre ella. ¿Quién mejor que vos para pintar un gusto por el que daríais vues-
tra vida, si su defensa lo exigiera?
DOLMANCÉ: Confieso mi debilidad. Convengo en que no hay ningún goce en el
mundo que sea preferible a éste; lo adoro en los dos sexos; pero el culo de un joven
muchacho, debo admitirlo, me da aún más voluptuosidad que el de una muchacha. Se
llama bujdrrones
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a quienes se entregan a esta pasión; ahora bien, cuando uno es buja-
rrón, Eugenia, hay que serlo hasta el final. Joder a las mujeres por el culo no es más que
serlo a medias: es en el varón donde la naturaleza quiere que el hombre se sirva de esta
fantasía; y es especialmente por el hombre por el que nos ha dado gusto. Es absurdo
decir que tal manía ultraja a la naturaleza. ¿Puede ser, cuando es la que nos lo inspira?
¿Puede dictar lo que la degrada? No, Eugenia, no; se la sirve tan bien ahí como en otra
parte, y quizá de forma más santa incluso. La propagación no es más que una tolerancia
por su parte. ¿Cómo podría haber prescrito por ley un acto que la priva de los derechos
de su omnipotencia, puesto que la propagación no es más que una secuela de sus prime-
ras intenciones, y dado que, si nuestra especie fuera destruida totalmente, nuevas cons-
trucciones rehechas por su mano volverían a hacer surgir las intenciones primordiales
cuya realización sería más halagadora aún para su orgullo y para su poder?
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Sade emplea el término bougres que Voltaire explica en el Dictionnaire philosophique: «Búlgaros:
Ya que en el Dictionnaire enciclopédique se ha hablado de búlgaros, quizá guste saber a ciertos lectores
quiénes eran estas extrañas gentes, que parecieron tan malvadas que se las trató de heréticas, y cuyo nom-
bre se dio luego en Francia a los inconformistas, que no tienen con las damas toda la atención que les de-
ben; de suerte que hoy se llama a estos señores Boulgares, suprimiendo la l y la a. » La palabra castellana
bujarrón tiene esa misma etimología: el bajo latín bulgarus, empleado como insulto por tratarse de herejes
pertenecientes a la Iglesia ortodoxa griega. En castellano aparece en 1526, con su significado actual de
«sodomita», por conducto de otra lengua romance, probablemente el francés anticuado bougeron (s. xv).
[Nota del T.]