Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Sabéis, Dolmancé, que mediante este sistema llegáis a
probar incluso que la extinción total de la raza humana sólo sería un servicio hecho a la
naturaleza?
DOLMANCÉ: ¿Quién lo duda, señora?
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Oh, santo cielo! Las guerras, las pestes, las hambres, los
asesinatos, ¿no serían más que accidentes necesarios a las leyes de la naturaleza, y el
hombre, agente o paciente de tales efectos, no sería por tanto más criminal en un caso
de lo que sería víctima en el otro?
DOLMANCÉ: Víctima lo es, sin duda cuando se doblega bajo los golpes de la des-
gracia; pero criminal, nunca. Ya volveremos sobre todas estas cosas; mientras tanto,
analicemos para la bella Eugenia el goce sodomita que constituye ahora el objeto de
nuestra conversación. La postura más usada para la mujer, en este goce, es acostarse
boca abajo, en el borde de la cama, con las nalgas bien separadas, la cabeza lo más bajo
posible. El lascivo, tras haber disfrutado un instante con la perspectiva del bello culo
que se le ofrece, tras haberlo palmoteado, palpado, a veces incluso latigado, pellizcado
y mordido, humedece con su boca el lindo ojete que va a perforar, y prepara la intro-
ducción con la punta de su lengua; moja asimismo su aparato con saliva o con pomada
y lo presenta suavemente al agujero que va a horadar; con una mano lo lleva, con la otra
separa las nalgas de su goce; cuando siente su miembro penetrar, es preciso que empuje
con ardor, teniendo mucho cuidado de no perder terreno; a veces la mujer sufre enton-
ces, si es nueva y joven; pero sin miramiento alguno para con los dolores que pronto
van a convertirse en placeres, el jodedor debe empujar con vivacidad su polla gradual-
mente, hasta que por fin haya alcanzado la meta, es decir, hasta que el pelo de su apara-
to frote exactamente los bordes del ano del objeto al que encula. Que prosiga entonces
su camino con rapidez: todas las espinas están ya cogidas; sólo quedan las rosas. Para
acabar de metamorfosear en placer los restos de dolor que su objeto aún experimenta, si
es un joven muchacho que le coja la polla y se la menee; que acaricie el clítoris si es una
muchacha; las .titilaciones del placer que provoca cuando encoge prodigiosamente el ano
de la paciente, redoblarán los placeres del agente que, colmado de gusto y de voluptuosi-
dad, disparará pronto al fondo del culo de su goce un esperma tan abundante como espe-
so, que habrán provocado tan lúbricos detalles. Hay otros que no quieren que la paciente
goce: es lo que explicaremos en seguida.
SRA. DE SAINT-ANGE: Permitid un momento que sea alumna a mi vez y que os pre-
gunte, Dolmancé, en qué estado debe encontrarse, para complemento de los placeres del
agente, el culo del paciente.
DOLMANCÉ: Lleno, por supuesto; es esencial que el objeto que sirve tenga entonces
las mayores ganas de cagar, a fin de que la punta de la polla del jodedor, al alcanzar el
mojón, se hunda en él y deposite más cálida y blandamente la leche que lo irrita y enar-
dece.
SRA. DE SAINT-ANGE: Me temo que el paciente ha de conseguir así menos placer.
DOLMANCÉ: ¡Error! Ese goce es tal que resulta imposible que algo lo perjudique y
que el objeto que lo sirve no se vea transportado al séptimo cielo al gozarlo. Ninguno va-
le tanto, ninguno puede satisfacer de este modo tan completo a los dos individuos que se
le entregan, y es difícil que quienes lo hayan gustado vuelvan a probar otra cosa. Ésas
son, Eugenia, las mejores formas de saborear el placer con un hombre sin correr los ries-
gos del embarazo; porque, estad bien segura de ello, se goza no sólo ofreciendo el culo a