Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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un hombre del modo que acabo de explicaros, sino también chupándolo, magreándolo,
etc., y he conocido mujeres libertinas que ponían con frecuencia mayores encantos en
estos episodios que en los goces reales. La imaginación es el aguijón de los placeres; en
los de esta especie, lo regula todo, es el móvil de todo; ahora bien, ¿no se goza por ella?
¿No es de ella de la que proceden las voluptuosidades más excitantes?
SRA. DE SAINT-ANGE: De acuerdo, pero Eugenia debe tener cuidado; la imaginación
sólo nos sirve cuando nuestro espíritu se halla totalmente liberado de prejuicios: uno solo
basta para enfriarla. Esta caprichosa porción de nuestro espíritu es de un libertinaje que
nada puede contener; su mayor triunfo, sus delicias más eminentes, consisten en romper
todos los frenos que se le oponen; es enemiga de la regla, idólatra del desorden y de todo
lo que lleva los colores del crimen; de ahí procede la singular respuesta que dio una mujer
imaginativa que jodía fríamente con su marido:
-¿Por qué tanto hielo?, le decía éste.
-¡Vaya! Pues la verdad, le respondió aquella singular criatura, es que lo que me hacéis
es completamente tonto.
EUGENIA: Me gusta hasta la locura esa respuesta... ¡Ay, querida, qué disposiciones
siento en mí para conocer esos divinos impulsos de una imaginación desordenada! No
imaginas, desde que estamos juntas..., sólo desde ese instante, no, no querida, no puedes
figurarte todas las ideas voluptuosas que ha acariciado mi espíritu... ¡Ay, cómo compren-
do ahora el mal!... ¡Cuánto lo desea mi corazón!
SRA. DE SAINT-ANGE: Que las atrocidades, los horrores, los crímenes más odiosos
no te asombren ya, Eugenia: lo más sucio, lo más infame y lo más prohibido es lo que
mejor excita la cabeza..., es siempre lo que nos hace descargar con mayores delicias.
EUGENIA: ¡A cuántos extravíos increíbles no habréis debido de entregaros uno y
otra! ¡Cuánto me gustaría conocer los detalles!
DOLMANCÉ, besando y palpando a la joven: Bella Eugenia, antes preferiría cien
veces veros experimentar cuanto yo quisiera hacer que contaros lo que he hecho.
EUGENIA: No sé si sería demasiado para mí prestarme a todo.
SRA. DE SAINT-ANGE: Yo no te lo aconsejaría, Eugenia.
EUGENIA: Bueno, le perdono a Dolmancé sus detalles; pero tú, mi buena amiga,
dime, te lo ruego, qué es lo más extraordinario que has hecho en tu vida.
SRA. DE SAINT-ANGE: Me las he entendido yo sola con quince hombres: he sido
jodida noventa veces en veinticuatro horas, tanto por delante como por detrás.
EUGENIA: Eso no son más que desenfrenos, proezas: apuesto a que has hecho co-
sas más singulares.
SRA. DE SAINT-ANGE: He estado en el burdel.
EUGENIA: ¿Qué quiere decir esa palabra?
DOLMANCÉ: Se llama así a las casas públicas donde, por un precio convenido,
cualquier hombre encuentra jóvenes y hermosas muchachas dispuestas a satisfacer sus
pasiones.
EUGENIA: ¿Y tú te has entregado allí, querida?
SRA. DE SAINT-ANGE: Sí, he estado allí de puta, he satisfecho durante una sema-
na entera las fantasías de muchos viciosos, y he visto gustos muy singulares; por un
principio igual de libertinaje, como la célebre emperatriz Teodora, mujer de Justinia-