Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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baciones, etcétera, ¿permitiría que encontráramos en ellos tanto placer? Es imposible
que pueda tolerar lo que realmente la ultraja.
EUGENIA: ¡Oh! Comprendo claramente, divinos preceptores míos, que según vues-
tros principios hay pocos crímenes sobre la tierra, y que podemos entregarnos en paz a
todos nuestros deseos, por singulares que puedan parecer a los tontos que, ofendiéndose
y alarmándose por todo, toman imbécilmente las instituciones sociales por leyes divinas
de la naturaleza. Pero, sin embargo, amigos míos, ¿no admitís al menos que existan
ciertas acciones absolutamente escandalosas y decididamente criminales, aunque estén
dictadas por la naturaleza? Estoy de acuerdo con vosotros en que esta naturaleza, tan
singular en las producciones que ha creado como variada en las inclinaciones que nos
da, nos lleva con frecuencia a hechos crueles; pero si, entregados a estas depravaciones,
cediésemos a las inspiraciones de esa extravagante naturaleza hasta el punto de atentar,
es una suposición, contra la vida de nuestros semejantes, me concederéis, eso espero al
menos, que tal acción sería un crimen.
DOLMANCÉ: Eugenia, ni con mucho podemos concederos tal cosa. Siendo la des-
trucción una de las primeras leyes de la naturaleza, nada de lo que destruye podría ser
un crimen. ¿Cómo podría ultrajarla una acción que sirve tan bien a la naturaleza? Esa
destrucción, de la que el hombre se vanagloria, no es por otra parte sino una quimera; el
asesinato no es una destrucción, quien lo comete no hace más que variar las formas; da
a la naturaleza los elementos de que ésta, con su hábil mano, se sirve para recompensar
al punto a otros seres; y como las creaciones no pueden ser más que goce para quien se
entrega a ellas, el asesino le prepara, por tanto, uno a la naturaleza; le proporciona ma-
teriales que ella utiliza inmediatamente, y la acción que los tontos locamente censuran
no es más que un mérito a los ojos de este agente universal. Es a nuestro orgullo al que
se le ocurre erigir el asesinato en crimen. Estimándonos las primeras criaturas del uni-
verso, hemos imaginado tontamente que toda lesión que sufra esta sublime criatura de-
bería ser por necesidad un crimen enorme; hemos creído que la naturaleza perecería si
nuestra maravillosa especie llegara a aniquilarse en este globo, mientras que la total
destrucción de la especie, devolviendo a la naturaleza la facultad creadora que ella nos
cede, le daría de nuevo una energía de la que nosotros la privamos al propagarnos; ¡pe-
ro qué inconsecuencia, Eugenia! ¡Pues qué! Un soberano ambicioso podrá destruir a su
capricho y sin el menor escrúpulo a los enemigos que obstaculizan sus proyectos de
grandeza; leyes crueles, arbitrarias, imperiosas, podrán incluso asesinar cada siglo mi-
llones de individuos... y nosotros, débiles y desgraciadas criaturas, ¿no podremos sacri-
ficar un solo ser a nuestras venganzas o a nuestros caprichos? ¿Hay algo tan bárbaro,
tan ridículamente extraño? ¿Y no debemos nosotros, bajo el velo del más profundo
misterio, vengarnos ampliamente de semejante inepcia
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EUGENIA: Desde luego... ¡Oh! ¡Cuán seductora es vuestra moral, y cómo me gus-
ta!... Pero, decidme en conciencia, Dolmancé, ¿nunca os habéis satisfecho en ese pun-
to?
DOLMANCÉ: No me forcéis a revelaros mis faltas: su número y su especie me
obligarían a ruborizarme demasiado. Quizás un día os las confiese.
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Por hallarse tratado extensamente este artículo más adelante, nos contentamos con sentar aquí algunas
bases del sistema que pronto desarrollaremos.