Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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SRA. DE SAINT-ANGE: Dirigiendo la espada de las leyes, el malvado se ha servi-
do muchas veces de ella para satisfacer sus pasiones.
DOLMANCÉ: ¡Ojalá no tuviera otros reproches que hacerme!
SRA. DE SAINT-ANDE, saltando a su cuello: ¡Hombre divino!... ¡Os adoro!...
¡Qué espíritu y qué valor hay que tener para haber gustado como vos todos los place-
res! Sólo al hombre de genio le está reservado el honor de romper todos los frenos de
la ignorancia y de la estupidez. ¡Besadme, sois encantador!
DOLMANCÉ: Sed franca, Eugenia, ¿no habéis deseado nunca la muerte a nadie?
EUGENIA: ¡Oh!, sí, sí, y ante mis ojos he tenido cada día una abominable criatura a
la que desde hace mucho tiempo quisiera ver en la tumba.
SRA. DE SAINT-ANEE: Apuesto a que adivino quién es.
EUGENIA: ¿De quién sospechas?
SRA. DE SAINT-ANGE: De tu madre.
EUGENIA: ¡Ah! ¡Deja que oculte mi rubor en tu seno!
DOLMANCÉ: ¡Voluptuosa criatura! ¡Quiero a mi vez abrumarte a caricias que han
de ser el premio a la energía de tu corazón y de tu deliciosa cabeza. (Dolmancé la be-
sa en todo el cuerpo, y le da ligeras palmadas en las nalgas; se le pone tiesa; la Sra. de
Saint Ange empuña y menea su polla; las manos de Dolmancé se pierden también de
vez en cuando por el trasero de la Sra. de Saint Ange, que se lo presta con lubricidad;
algo repuesto, Dolmancé continúa.) Pero, ¿por qué no habríamos de poner en práctica
esa idea sublime?
SRA. DE SAINT-ANGE: Eugenia, yo detesté a mi madre tanto como tú odias a la
tuya, y no dudé. EUGENIA: Me han faltado medios.
SRA. DE SAINT-ANGE: Di mejor el valor.
EUGENIA: ¡Ay! ¡Tan joven todavía!
DOLMANCÉ: Pero ahora, Eugenia, ¿ahora qué haríais?
EUGENIA: Todo... ¡Que me den los medios... y entonces se verá!
DOLMANCÉ: Los tendréis, Eugenia, os lo prometo; pero pongo una condición.
EUGENIA: ¿Cuál? O mejor, ¿cuál es la que no estoy dispuesta a aceptar?
DOLMANCÉ: Ven, perversa, ven a mis brazos; no puedo aguantar más; es preciso
que tu encantador trasero sea el precio del don que te prometo, es preciso que un cri-
men pague el otro. ¡Ven!... ¡O mejor, venid ambas a apagar con oleadas de leche el
fuego divino que nos inflama!
SRA. DE SAINT-ANGE: Pongamos, si os place, un poco de orden en estas orgías:
es preciso hacerlo hasta en el seno del delirio y de la infamia.
DOLMANCÉ: Nada más sencillo: el objetivo principal, en mi opinión, es que yo me
corra dando a esta encantadora muchachita el mayor placer que pueda. Voy a meterle
mi polla en el culo mientras, doblada en vuestros brazos, la magreáis como mejor se-
páis; en la postura en que os coloco, ella podrá devolvéroslo: os besaréis la una a la otra.
Y tras algunas correrías en el culo de esta criatura, variaremos el cuadro. Yo os encularé,
señora; Eugenia, encima de vos, con vuestra cabeza entre sus piernas, me dará a chupar
su clítoris: de este modo le haré perder leche por segunda vez. Luego, yo me volveré a
colocar en su ano; vos me ofreceréis vuestro culo en lugar del coño que ella me ofrecía,
es decir, que pondréis, como ella acabará de hacerlo, su cabeza entre vuestras piernas; yo
chuparé el ojete de vuestro culo de la misma forma que habré chupado el coño; vos des-