Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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cargaréis, yo haré otro tanto mientras mi mano, abrazando el lindo cuerpecito de esta en-
cantadora novicia, irá a cosquillearle el clítoris para hacerla correrse también.
SRA. DE SAINT-ANGE: Bien, mi querido Dolmancé, pero os faltará algo.
DOLMANCÉ: ¿Una polla en el culo? Tenéis razón, señora.
SRA. DE SAINT-ANGE: Dejémoslo por esta mañana; la tendremos por la tarde: mi
hermano vendrá a ayudarnos, y nuestros placeres quedarán colmados. Pongamos manos a
la obra.
DOLMANCÉ: Quisiera que Eugenia me la menease un momento. (Ella lo hace.) Sí,
así es..., un poco más rápido, amor mío..., mantened siempre bien desnuda esa cabeza
bermeja, no la recubráis nunca... Cuanto más tenso pongáis el frenillo, mejor es la erec-
ción... nunca hay que cubrir la polla que se está meneando... ¡Bien!... De este modo, vos
misma preparáis el estado del miembro que va a perforaros... ¿Veis cómo se decide?...
¡Dadme vuestra lengua, bribonzuela!... ¡Que vuestras nalgas se posen sobre mi mano de-
recha, mientras mi mano izquierda os cosquillea el clítoris!
SRA. DE SAINT ANGE: Eugenia, ¿quieres hacerle gustar el mayor de los placeres?
EUGENIA: Por supuesto..., quiero hacer cualquier cosa para procurárselo.
SRA. DE SAINT ANGE: Pues bien, métete su polla en la boca y chúpala unos instan-
tes.
EUGENIA lo hace. ¿Es así?
DOLMANCÉ: ¡Ah, qué boca tan deliciosa! ¡Qué calor!... ¡Vale para mí tanto como el
más hermoso de los culos!... Mujeres voluptuosas y hábiles, no neguéis nunca este placer
a vuestros amantes; los encadenará a vosotras para siempre... ¡Ah, santo Dios, rediós!...
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Cómo blasfemas, amigo mío!
DOLMANCÉ: Dadme vuestro culo, señora... Sí, dádmelo que lo bese mientras me chu-
pan, y no os asombréis de mis blasfemias: uno de mis mayores placeres es jurar cuando
estoy empalmado. Me parece que mi espíritu, mil veces más exaltado entonces, aborrece
y desprecia mucho mejor esa repugnante quimera; quisiera encontrar una forma de denos-
tarlo o de ultrajarlo más; y cuando mis malditas reflexiones me llevan a la convicción de
la nulidad de ese repugnante objeto de mi odio, me excito, y querría poder reconstruir al
punto el fantasma para que mi rabia se dirigiera al menos contra algo. Imitadme, mujer
encantadora, y veréis cómo tales palabras acrecientan de modo infalible vuestros senti-
dos. Pero ¡rediós!... veo que, por más placer que sienta, debo retirarme inmediatamente
de esa boca divina, ¡dejaré ahí mi leche!... Vamos, Eugenia, colocaos; ejecutemos el cua-
dro que he trazado, y sumerjámonos los tres en la ebriedad más voluptuosa. (Adoptan la
postura.)
EUGENIA: ¡Cuánto temo, querido, la impotencia de vuestros esfuerzos! La despropor-
ción es demasiado grande.
DOLMANCÉ: Sodomizo todos los días a gente más joven; ayer incluso, un niño de sie-
te años fue desflorado por esta polla en menos de tres minutos... ¡Valor, Eugenia, valor!...
EUGENIA: ¡Ay! ¡Me desgarráis!
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Tened cuidado, Dolmancé; pensad que yo respondo de ella!
DOLMANCÉ: Magreadla bien, señora, sentirá menos el dolor; además, ya está todo di-
cho: la he metido hasta el pelo.
EUGENIA: ¡Oh, cielos! No ha sido sin esfuerzo... Mira el sudor que cubre mi frente,
querida... ¡Ay! ¡Dios! ¡Jamás experimenté dolores tan vivos!...