Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
40
crueles. La primera pasión es hoy universal. Sumemos algunas reflexiones a lo que ya
hemos dicho. Se divide en dos clases: la activa y la pasiva: el hombre que encula, bien a
un muchacho, bien a una mujer, comete sodomía activa; es sodomita pasivo cuando se
hace joder. Con frecuencia se ha puesto en tela de juicio cuál de estas dos formas de
cometer sodomía era más voluptuosa: con toda seguridad lo es la pasiva, puesto que se
goza a la vez de la sensación de delante y de la de atrás; es tan dulce cambiar de sexo,
tan delicioso imitar a la puta,, entregarse a un hombre que nos trata como a una mujer,
llamar a ese hombre amante, confesarse su querida. ¡Ay, amigas mías, qué voluptuosi-
dad! Pero, Eugenia, limitémonos aquí a algunos consejos de detalle, sólo relativos a las
mujeres que, metamorfoseándose en hombres, quieren gozar, siguiendo nuestro ejem-
plo, de este delicioso placer. Acabo de familiarizaros con esos ataques, Eugenia, y he
visto suficiente para estar convencido de que, algún día, haréis progresos en esta carre-
ra. Os exhorto a recorrerla como una de las más deliciosas de la isla de Citerea, perfec-
tamente convencido de que cumpliréis el consejo. Voy a limitarme a dos o tres avisos
esenciales para cualquier persona decidida a conocer sólo este género de placeres, o los
que le son análogos. En primer lugar, debéis haceros masturbar siempre el clítoris
cuando os sodomicen: nada casa mejor que esos dos placeres; evitad el bidé o el roce de
telas cuando acabáis de ser jodida de esa forma: conviene que la brecha esté siempre
abierta: de ello se derivan deseos y titilaciones que pronto apagan los cuidados de la
limpieza; no se tiene idea de hasta qué punto se prolongan las sensaciones. Así, cuando
estéis en trance de gozar de esa manera, Eugenia, evitad los ácidos: inflaman las hemo-
rroides y vuelven las introducciones dolorosas; oponeos a que varios hombres os des-
carguen sucesivamente en el culo: esa mezcla de esperma, aunque voluptuosa para la
imaginación, es con frecuencia peligrosa para la salud; echad siempre fuera las distintas
emisiones a medida que se produzcan.
EUGENIA: Pero ¿no sería un crimen si fueran hechas por delante?
SRA. DE SAINT-ANGE: No imagines, pobre loca, que hay el menor mal en prestar-
se, de la manera que sea, a desviar del principal camino la semilla del hombre, porque
la propagación no es en modo alguno el objetivo de la naturaleza: sólo es una tole-
rancia; y cuando no la aprovechamos, sus intenciones quedan cumplidas mejor. Euge-
nia, sé enemiga jurada de esa fastidiosa propagación, y desvía sin cesar, incluso en el
matrimonio, ese pérfido licor cuya vegetación sólo sirve para estropearnos nuestros ta-
lles, para debilitar en nosotras las sensaciones voluptuosas, para marchitarnos, para en-
vejecernos y para perturbar nuestra salud; obliga a tu marido a acostumbrarse a tales
pérdidas; ofrécele todas las rutas que puedan alejar el homenaje del templo; dile que
detestas los hijos, que le suplicas no hacértelos. Cumple este artículo, querida, porque,
te lo aseguro, siento por la propagación un horror tal que dejaría de ser tu amiga en el
instante mismo en que estuvieras encinta. Y si esta desgracia te ocurre sin que tú tengas
culpa, avísame en las siete u ocho primeras semanas, y te haré echarlo suavemente. No
temas el infanticidio; ese crimen es imaginario; nosotras somos siempre dueñas de lo
que llevamos en nuestro seno, y no hacemos peor destruyendo esa especie de materia
que purgando la otra mediante medicamentos cuando sentimos necesidad de ello.
EUGENIA: ¿Y si el niño estuviera ya hecho?
SRA. DE SAINT-ANGE: Aunque estuviera en el mundo siempre seguiríamos siendo
dueñas de destruirlo. No hay sobre la tierra derecho más cierto que el de las madres so-