Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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bre sus hijos. No hay ningún pueblo que no haya reconocido esa verdad: está basada en
la razón, en los principios.
DOLMANCÉ: Tal derecho está en la naturaleza... es indiscutible. La extravagancia
del sistema deifico fue la fuente de todos estos groseros errores. Los imbéciles que creí-
an en Dios, convencidos de que nosotros sólo recibíamos la existencia de él, y de que
tan pronto como un embrión se hallaba maduro una pequeña alma, emanada de Dios,
venía a animarla al punto, esos imbéciles, digo, debieron con toda certeza considerar
como un crimen capital la destrucción de esa pequeña criatura porque, según ellos, no
pertenecía ya a los hombres. Era obra de Dios: era de Dios; tse podía disponer de ella
sin pecar? Pero desde que la antorcha de la filosofía ha disipado todas esas imposturas,
desde que la quimera divina ha sido pisoteada, desde que, mejor instruidos en las leyes
y en los secretos de la física, hemos desarrollado el principio de la generación, y, desde
que ese mecanismo artificial no ofrece a los ojos nada más sorprendente que la ve-
getación del grano de trigo, hemos apelado a la naturaleza contra el error de los hom-
bres. Ampliando la extensión de nuestros derechos, por fin hemos llegado a reconocer
que éramos perfectamente libres de volver a tomar lo que sólo de mala gana y por azar
habíamos entregado, y que es imposible exigir de un individuo cualquiera que se con-
vierta en padre o en madre si no lo desea; que una criatura de más o de menos sobre la
tierra no tenía mayores consecuencias, y que, en resumen, éramos tan palmariamente
dueños de ese trozo de carne, por animado que estuviese, como lo somos de las uñas
que cortamos de nuestros dedos, de las excrecencias de carne que extirpamos de nuestro
cuerpo, o de las digestiones que suprimimos de nuestras entrañas, porque todo ello es
de nosotros, porque todo ello está en nosotros, y porque somos absolutamente dueños
de lo que de nosotros emana. Cuando desarrollaba para vos, Eugenia, la muy escasa
importancia que la acción del asesinato tenía en la tierra, habréis podido apreciar la pe-
queña secuela que debe de tener asimismo cuanto atañe al infanticidio, cometido inclu-
so sobre una criatura en la edad de razón; es por tanto inútil volver sobre ello: la exce-
lencia de vuestro ingenio aumentará mis pruebas. La lectura de la historia de las cos-
tumbres de todos los pueblos de la tierra, haciéndonos ver que este uso es universal,
acabará por convenceros de que sólo sería una imbecilidad admitir como tal esta acción
totalmente indiferente.
EUGENIA, primero a Dolmancé: No puedo deciros hasta qué punto me convencéis.
(Dirigiéndose luego a la Sra. de Saint Ange.) Pero dime, querida, ¿has empleado algu-
na vez el remedio que me ofreces para destruir interiormente el feto?
SRA. DE SAINT-ANGE: En dos ocasiones, y siempre con el mayor éxito; pero
debo confesarte que sólo he hecho la prueba en los primeros días; no obstante, dos mu-
jeres que conozco han empleado este mismo remedio en la mitad del embarazo, y me
han asegurado que habían obtenido buenos resultados. Cuenta, por tanto, conmigo si te
ocurre, querida, pero te exhorto a no ponerte nunca en el caso de necesitarlo: es más
seguro. Prosigamos ahora la serie de detalles lúbricos que hemos prometido a esta jo-
ven. Continuad, Dolmancé, estamos en las fantasías sacrílegas.
DOLMANCÉ: Supongo que Eugenia está demasiado de vuelta de los errores reli-
giosos para no hallarse íntimamente convencida de que cuanto implica burlarse de los
objetos de la piedad de los tontos, apenas tiene alguna clase de consecuencia. Estas fan-
tasías tienen tan pocas que, en la práctica, no deben calentar más que a cabezas muy
jóvenes, para quienes toda ruptura de cualquier freno se convierte en goce; es una espe-