Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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cie de pequeña venganza que enardece la imaginación y que, sin duda, puede divertir
durante unos instantes; pero tales voluptuosidades han de volverse, en mi opinión, insí-
pidas y frías, cuando uno ha tenido tiempo de instruirse y convencerse de la nulidad de
objetos que no son sino pobre representación de los ídolos que nosotros escarnecemos.
Profanar las reliquias, las imágenes de los santos, la hostia, el crucifijo, todo eso no de-
be suponer, a ojos del filósofo, más de lo que supondría la degradación de una estatua
profana. Una vez que se ha condenado al desprecio tan execrables fruslerías, hay que
olvidarlas sin preocuparse más por ellas; de todo ello sólo hay que conservar la blasfe-
mia, no porque en ella haya más realidad, dado que, desde el momento en que no hay
Dios, ¿de qué sirve insultar su nombre? Sino porque es esencial pronunciar palabras
fuertes o sucias en la embriaguez del placer, y porque las de la blasfemia van bien a la
imaginación. No hay que ahorrar nada: hay que adornar esas palabras con el mayor lujo
de expresiones; es preciso que escandalicen lo más posible; porque es muy dulce es-
candalizar: hay en ello, para el orgullo, un pequeño triunfo de ningún modo desdeñable;
os lo confieso, señoras mías, es una de mis voluptuosidades secretas: pocos placeres
morales hay más activos sobre mi imaginación. Probadlo, Eugenia, y veréis cuáles son
sus resultados. Haced gala, sobre todo, de una prodigiosa impiedad cuando os encon-
tréis con personas de vuestra edad que vegetan aún en las tinieblas de la superstición;
haced alarde de desenfreno y de libertinaje; fingid que hacéis de puta, dejando ver vues-
tro pecho; si vais con ellas a lugares secretos, remangaos los vestidos con indecencia;
dejadles ver con afectación las partes más secretas de vuestro cuerpo; exigid lo mismo
de ellas; seducidlas, sermoneadlas, demostradles lo ridículo de sus prejuicios; hacedles
sentirse lo que se dice mal; jurad como un hombre con ellas; si son más jóvenes que
vos, tomadlas por la fuerza, divertíos y corrompedlas mediante ejemplos, mediante con-
sejos, mediante todo aquello que os parezca idóneo para pervertirlas; sed asimismo ex-
tremadamente libre con los hombres; haced alarde con ellos de irreligión y de impudor:
lejos de asustaros por las libertades que tomen, concededles misteriosamente cuanto
pueda divertirles sin comprometeros; dejaos magrear por ellos, meneádsela, que os
masturben; llegad incluso a poner el culo; pero, puesto que el honor quimérico de las
mujeres afecta a las primicias anteriores, haceos más difícil en ellas; una vez casada,
tomad criados, nada de amantes, o pagad a algunas personas seguras; desde ese momen-
to todo queda a cubierto; nada podrá dañar vuestra reputación, y sin que se haya podido
sospechar nunca de vos, habréis encontrado el arte de hacer cuanto os plazca. Prosiga-
mos:
Son los placeres de la crueldad los que hemos prometido analizar en tercer lugar. Esa
clase de placeres es hoy muy común entre los hombres, y éste es el argumento de que se
sirven para legitimarla: queremos que nos conmuevan, dicen, ése es el objetivo de todo
hombre que se entrega a la voluptuosidad, y queremos serlo por los medios más activos.
Partiendo de este punto,
no se trata de saber si nuestros procedimientos agradarán o
desagradarán al objeto que nos sirve, se trata sólo de hacer estremecerse la masa de
nuestros nervios mediante el choque más violento posible; ahora bien, si no puede po-
nerse en duda que el dolor afecta con más viveza que el placer, los choques sobre noso-
tros de esa sensación producida en otros tendrán esencialmente una vibración más vigo-
rosa, resonarán con más energía en nosotros, pondrán en circulación más violenta los
espíritus animales que, al ser determinados en las regiones bajas por el movimiento de
retrogradación que les es esencial, abrasarán de inmediato los órganos de la voluptuosi-