Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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dad y los dispondrán para el placer. Los efectos del placer son siempre falaces en las
mujeres: es además muy difícil que un hombre viejo y feo los produzca. ¿Y si lo consi-
guen? En tal caso son débiles, y los choques mucho menos nerviosos. Por tanto hay que
preferir el dolor, cuyos efectos no pueden engañar y cuyas vibraciones son más activas.
Pero -objetan a los hombres encaprichados con esta manía-, ese dolor aflige al prójimo;
¿es caritativo hacer daño a los demás para deleitarse uno mismo? Los tunantes os res-
ponderán que, acostumbrados como están en el acto del placer a creerse ellos todo y a
no creer nada en los demás, están convencidos de que es muy fácil, según los impulsos
de la naturaleza, preferir lo que sienten a lo que no sienten de ningún modo. ¿Qué nos
importan, se atreven a decir, dolores ocasionales en el prójimo? ¿Los sentimos noso-
tros? No, al contrario; acabamos de demostrar que producirlos nos depara una sensa-
ción deliciosa. ¿Por qué motivo habríamos de tener consideración con un individuo que
no nos afecta para nada? ¿Con qué motivo hemos de evitarle nosotros un dolor que
nunca nos arrancará una lágrima, cuando es seguro que de ese dolor ha de nacer un gran
placer para nosotros? ¿Hemos experimentado alguna vez un solo impulso de la natura-
leza que nos aconseje preferir los demás a nosotros, y no debe cada uno mirar para sí
mismo en el mundo
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? Nos habláis de una voz quimérica de esa naturaleza, que nos di-
ce que no ha de hacerse a los demás lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros;
pero ese absurdo consejo sólo nos ha venido de hombres, y de hombres débiles. Al
hombre fuerte no se le ocurrirá nunca emplear ese lenguaje. Fueron los primeros cris-
tianos los que, perseguidos diariamente por su estúpido sistema, gritaban a quien quería
oírlos: «¡No nos queméis, no nos desolléis! La naturaleza dice que no hay que hacer a
los otros lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros.» ¡Imbéciles
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! ¿Cómo la
naturaleza, que siempre nos aconseja deleitarnos, que nunca imprime en nosotros otros
impulsos ni otras inspiraciones, podría al momento siguiente, por una incoherencia sin
ejemplo, asegurarnos que no hemos de pensar en deleitarnos si eso puede causar dolor a
los demás? ¡Ah! Hagámosla caso, hagámosla caso, Eugenia; la naturaleza, nuestra ma-
dre común, sólo nos habla de nosotros; no hay nada tan egoísta como su voz, y lo que
vemos más claro en ella es el inmutable y santo consejo que nos da de deleitarnos, sin
importar a expensas de quién. Pero los demás -responden ellos a esto- pueden vengar-
se... En buen hora, sólo el más fuerte tendrá razón... Pues bien, así estamos en el estado
primitivo de guerra y de destrucción perpetua para el que su mano nos creó, y en el que
sólo le conviene que estemos.
Así es, mi querida Eugenia, como razonan esas gentes, y yo añado, tras mi experien-
cia y mis estudios, que la crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que
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Nuevamente parece haber aquí un recuerdo de las tesis expuestas por Rousseau en el libro citado ante-
riormente, sobre la piedad, y en el Ensayo sobre el origen de las lenguas. Precisamente en este ensayo, el
tema de la piedad se halla en contradicción con lo expresado por Rousseau en el Discurso sobre el origen
y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, lo cual ha dado lugar a una polémica entre eru-
ditos que en el prólogo a mi edición de esos dos títulos de Rousseau abordo sumariamente dando bibliogra-
fía sobre el tema. Rousseau trató en varias ocasiones el tema de la piedad: en el capítulo IX del Ensayo
sobre el origen de las lenguas, en la primera parte de ese Discurso sobre la desigualdad y en el libro IV
del Emilio. [Nota del T]
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El término francés imbécile mantenía aún en esa época rastros de su sentido latino: debilidad mental.
[Nota del T.]