Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
45
tirse del vicio, ni tampoco hay por qué acusar a la naturaleza por habernos hecho nacer
buenos más que por habernos creado perversos; ella ha actuado según sus miras, sus
placeres y sus necesidades: sometámonos. Por tanto sólo examinaré aquí la crueldad de
las mujeres, siempre más activa en ellas que en los hombres, por la poderosa razón de la
excesiva sensibilidad de sus órganos.
En general distinguimos dos clases de crueldad: la que nace de la estupidez, que, nun-
ca razonada, nunca analizada, iguala al individuo nacido así con la bestia feroz: no pro-
porciona ningún placer, porque quien está inclinado a ella no es susceptible de ningún
refinamiento; las brutalidades de un ser así, rara vez son peligrosas; siempre es fácil
evitarlas; la otra especie de crueldad, fruto de la extrema sensibilidad de los órganos,
sólo es conocida por seres extremadamente delicados, y los excesos a que lleva no son
sino refinamientos de su delicadeza; es esa delicadeza, embotada demasiado deprisa por
su excesiva finura, la que, para despertar, utiliza todos los recursos de la crueldad. ¡Qué
pocas personas conciben estas diferencias! ¡Cuán pocas las que las sienten! Y sin em-
bargo existen, son indudables. Ahora bien, este segundo género de crueldad es el que
afecta con más frecuencia a las mujeres. Estudiadlas bien: veréis si no es el exceso de
su sensibilidad lo que las ha llevado ahí; veréis si no es la extrema actividad de su ima-
ginación, la fuerza de su espíritu, lo que las vuelve malvadas y feroces; por ello son tan
encantadoras; por ello también no hay una sola de esta especie que no desemboque en
la locura cuando empieza; por desgracia, la rigidez, o, más bien, la absurdidad de nues-
tras costumbres, otorga poco alimento a su crueldad; están obligadas a esconderse, a
disimular, a cubrir su inclinación por medio de ostensibles actos de beneficencia que en
el fondo de su corazón detestan; sólo bajo el velo más oscuro, con las precauciones más
grandes, ayudadas de algunas amigas seguras, pueden entregarse a sus inclinaciones; y,
como hay muchas de esta clase, muchas son las desgraciadas en consecuencia. ¿Queréis
conocerlas? Anunciad un espectáculo cruel, un duelo, un incendio, una batalla, un com-
bate de gladiadores; veréis cómo acuden; pero estas ocasiones no son lo suficientemen-
te numerosas para alimentar su furor: se contienen y sufren.
Lancemos una rápida ojeada sobre las mujeres de esa clase. Zingua, reina de Angola, la
más cruel de las mujeres, inmolaba a sus amantes nada más gozar de ella; con frecuencia
hacía luchar a guerreros ante sus ojos y se convertía en premio del vencedor; para halagar
su alma feroz, se divertía mandando machacar en un mortero a todas las mujeres que
habían quedado embarazadas antes de los treinta años
20
. Zoé
21
, mujer de un emperador
chino, no tenía mayor placer que ver ejecutar criminales ante sus ojos; a falta de ellos,
hacía inmolar esclavos mientras jodía con su marido, y los impulsos de su descarga eran
proporcionales a la crueldad de las angustias que hacía soportar a aquellos desdichados.
Ella fue la que, afinando sobre la clase de suplicio que iba a imponer a sus víctimas, in-
ventó esa famosa columna de bronce hueca que se ponía al rojo vivo tras haber introduci-
do en ella al paciente. Teodora, la mujer de Justiniano, se divertía viendo hacer eunucos;
y Mesalina se masturbaba mientras, ante ella, por el mismo procedimiento, se hacía morir
por agotamiento a los hombres. Las mujeres de Florida hacían hincharse el miembro de
20
Véase la Histoire de Zingua, reine d'Angola, por un misionero.
21
Zoé: se ha supuesto que bajo este nombre se alude a la emperatriz Wu Chao. Sobre Teodora, véase la
nota 8. La Voisin (c. 1640-1680) y la Brinvilliers (1676) fueron dos envenenadoras de la época. [Nota del
T]