Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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sus esposos y ponían pequeños insectos sobre el glande, lo cual les hacía sufrir horribles
dolores; para esta operación los ataban y se reunían varias en torno a un solo hombre para
lograr más fácilmente sus propósitos. Cuando vieron a los españoles, ellas mismas suje-
taban a sus esposos mientras esos bárbaros europeos los asesinaban. La Voisin y la Brin-
villiers envenenaban por el solo placer de cometer un crimen. En resumen, la historia nos
proporciona miles de rasgos de la crueldad de las mujeres, y, debido a la inclinación natu-
ral que sienten por esos impulsos, desearía que se acostumbraran a usar la flagelación ac-
tiva, medio por el que los hombres crueles aplacan su ferocidad. Algunas de ellas la uti-
lizan, lo sé, pero no se halla extendida entre ese sexo hasta el punto que yo desearía. Con
esta salida brindada a la barbarie de las mujeres, la sociedad ganaría; porque al no poder
ser malvadas de esa forma, lo son de otra y, diseminando su veneno en la sociedad, cau-
san la desesperación de sus esposos y de su familia. Su negativa a hacer una buena acción
cuando la ocasión se presenta, la de socorrer al infortunado, desarrolla perfectamente, si
se quiere, esa ferocidad a que ciertas mujeres son arrastradas por naturaleza; pero eso es
poco y a menudo dista mucho de su necesidad de hacer lo peor. Indudablemente habría
otros medios con los que una mujer a un tiempo sensible y feroz puede calmar sus fogo-
sas pasiones, pero son peligrosos, Eugenia, y nunca me atreveré a aconsejártelos. ¡Oh,
cielos! ¿Qué os pasa, ángel querido?... Señora..., ¡en qué estado se encuentra vuestra
alumna!...
EUGENIA, masturbándose: ¡Ay, santo Dios! ¡Me volvéis loca!... ¡Aquí tenéis el efecto
de vuestras jodidas palabras!...
DOLMANCÉ: ¡Ayuda, señora, ayuda! ¿Dejaremos correrse a esta hermosa niña sin
ayudarla?...
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Oh! ¡Sería injusto! (Tomándola en sus brazos.) ¡Adorable
criatura, nunca he visto una sensibilidad como la tuya, nunca una cabeza tan deliciosa!...
DOLMANCÉ: Ocupaos de la parte delantera, señora; con mi lengua voy a lamer el lin-
do agujerito de su culo, mientras doy leves cachetadas en las nalgas; tiene que correrse
entre nuestras manos por lo menos siete u ocho veces de esta forma.
EUGENIA, extraviada: ¡Ay! ¡Joder! ¡No será difícil!
DOLMANCÉ: Por la postura en que estamos, señoras mías, observo que podríais chu-
parme la polla por turno; así excitado, procedería con mayor energía a los placeres de nues-
tra encantadora alumna.
EUGENIA: Querida, te disputo el honor de chupar esta hermosa polla. (La empuña.)
DOLMANCÉ: ¡Ay! ¡Qué delicias!... ¡Qué calor voluptuoso!... Pero, Eugenia, ¿os porta-
réis bien en el momento de la crisis?
SRA. DE SAINT-ANGE: Tragará..., tragará..., respondo de ella; y además, si por niñe-
ría... o por no sé qué otro motivo... descuidara los deberes que aquí le impone la lubrici-
dad...
DOLMANCÉ, muy animado: ¡No la perdonaría, señora, no la perdonaría!... ¡Un castigo
ejemplar..., os juro que sería azotada..., que sería azotada hasta la sangre!... ¡Ay, rediós!...
Descargo... ¡Mi leche corre!... ¡Traga!... ¡Traga, Eugenia, que no se pierda ni una sola go-
ta!... Y vos, señora, ocupaos de mi culo, que a vos se ofrece... ¿No veis cómo está entre-
abierto mi jodido culo? ¿No veis cómo apela a vuestros dedos?... ¡Hostias! Mi éxtasis es
completo... ¡Los hundís hasta la muñeca!... ¡Ah, calmémonos, no puedo más..., esta encan-
tadora niña me ha chupado como un ángel!...