Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
47
EUGENIA: Querido y adorable preceptor, no he perdido ni una sola gota. Bésame, amor,
tu leche está ahora en el fondo de mis entrañas.
DOLMANCÉ: Es deliciosa... ¡Y cómo ha descargado la pequeña bribona!...
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Está inundada! ¡Oh, cielos! ¿Qué oigo?... Llaman: ¿quién
puede venir a molestarnos de este modo?... Es mi hermano... ¡Imprudente!...
EUGENIA: Pero, querida, ¡esto es una traición!
DOLMANCÉ: Una traición inaudita, ¿no es así? No temáis nada, Eugenia, sólo trabaja-
mos para vuestros placeres.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Ah, pronto quedará convencida! Acércate, hermano mío, y
ríete de esta jovencita que se esconde para que no la veas.
Cuarto Diálogo
SEÑORA DE SAINT-ANGE,
EUGENIA, DOLMANCÉ,
EL CABALLERO DE MIRVEL
EL CABALLERO: No temáis nada, os lo ruego, de mi discreción, bella Eugenia; es
total; ahí está mi hermana, ahí mi amigo, que pueden responderos de mí.
DOLMANCÉ: Sólo se me ocurre una cosa para terminar de una vez este ridículo ce-
remonial. Atiende, caballero, estamos educando a esta hermosa joven, le enseñamos
todo cuanto tiene que saber una señorita de su edad, y, para instruirla mejor, unimos
siempre algo de práctica a la teoría. Le falta ver una polla descargando: en ese punto
estamos: ¿quieres darnos tú el modelo?
EL CABALLERO: Tal propuesta es, desde luego, demasiado halagadora para que la
rehúse, y la señorita tiene encantos que decidirán enseguida los efectos de la lección
deseada.
SRA. DE SAINT ANGE: ¡Pues bien, vamos! Manos a la obra ahora mismo.
EUGENIA: ¡Oh! De veras que es demasiado fuerte; abusáis de mi juventud hasta un
punto..., pero ¿por quién va a tomarme el señor?
EL CABALLERO: Por una muchacha encantadora, Eugenia..., por la criatura más
adorable que he visto en mi vida. (La besa y deja pasear sus manos por sus encantos.)
¡Oh, Dios! ¡Qué atractivos tan frescos y bonitos! ¡Qué gracias tan encantadoras!...
DOLMANCÉ: Hablemos menos, caballero, y hagamos más. Yo voy a dirigir la es-
cena, estoy en mi derecho; el objeto de ésta es mostrar a Eugenia el mecanismo de
la eyaculación; pero como es difícil que pueda observar tal fenómeno con sangre
fría, vamos a colocarnos los cuatro frente a frente y muy cerca unos de otros. Vos
masturbaréis a vuestra amiga, señora; yo me encargaré del caballero. Cuando se
trata de masturbar, un hombre es para otro hombre infinitamente mejor que una
mujer. Como sabe lo que le conviene, sabe lo que hay que hacer a los otros... Va-
mos, coloquémonos. (Se colocan.)
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿No estamos demasiado cerca?
DOLMANCÉ, apoderándose ya del caballero: Nunca podríamos estarlo demasia-
do, señora; es preciso que el seno y el rostro de vuestra amiga sean inundados por
las pruebas de la virilidad de vuestro hermano; es preciso que se corra en sus mis-