Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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DOLMANCÉ: (Hay que observar que las masturbaciones continúan siempre durante
el diálogo.) Me parece, señora, que en el cuadro que pintáis debería haber dos o tres po-
llas más; esa mujer que colocáis en la forma que acabáis de decir, ¿no podría tener una
polla en la boca y otra más en cada mano?
SRA. DE SAINT-ANGE: Podría tenerlas debajo de las axilas y en el pelo, debería de
tener treinta a su alrededor si fuera posible; en esos momentos sería preciso no tener, no
tocar, no devorar más que pollas en torno a una, ser inundada por todas en el mismo mo-
mento en que una descargue. ¡Ay, Dolmancé, qué puta soy! Os desafío a igualarme en los
deliciosos combates de la lujuria... ¡Yo he hecho todo lo que se puede en la materia!...
EUGENIA, que sigue siendo masturbada por su amiga, como el caballero lo es por
Dolmancé: ¡Ay, querida!... Me vuelves loca... ¡Cómo! ¡Que podré entregarme... a tantos
hombres!... ¡Ay, qué delicias!... ¡Cómo me masturbas, querida!... ¡Eres la diosa misma
del placer!... Y esta hermosa polla, ¡cómo se hincha!... ¡Cómo se llena y vuelve bermeja
su majestuosa cabeza!...
DOLMANCÉ: Está muy cerca del desenlace.
EL CABALLERO: Eugenia..., hermana mía..., acercaos... ¡Ah, qué pechos tan divi-
nos!... ¡Qué nalgas tan suaves y rollizas!... ¡Correos! ¡Correos las dos, mi leche va a unir-
se a la vuestra!... ¡Cómo corre!... ¡Ay, rediós!... (Dolmancé, durante esta crisis, tiene la
precaución de dirigir las oleadas de esperma de su amigo sobre las dos mujeres, y prin-
cipalmente sobre Eugenia, que resulta inundada.)
EUGENIA: ¡Qué bello espectáculo!... ¡Cuán noble y majestuoso!... ¡Heme aquí total-
mente cubierta... me ha saltado hasta los ojos!...
SRA. DE SAINT-ANGE: Espera, amiga mía, déjame recoger esas perlas preciosas; voy
a frotar tu clítoris con ellas para provocar más deprisa tu descarga.
EUGENIA: ¡Ay, sí, querida, ay, sí! Esa idea es deliciosa... Hazlo, y me corro en tus
brazos.
SRA. DE SAINT-ANGE: Divina niña, bésame una y mil veces... Déjame chupar tu
lengua..., déjame que respire tu voluptuoso aliento cuando está inundado por el fuego del
placer... ¡Ah, joder, también yo me corro!... ¡Hermano mío, remátame, te lo ruego!...
DOLMANCÉ: Sí, caballero..., sí; masturbad a vuestra hermana.
EL CABALLERO: Prefiero joderla; todavía la tengo gorda.
DOLMANCÉ: Pues entonces, metédsela, ofreciéndome vuestro culo; yo os joderé du-
rante este voluptuoso incesto. Eugenia, armada con este consolador, me dará por el culo.
Destinada a jugar un día todos y cada uno de los distintos papeles de la lujuria, es preciso
que vaya preparándose, durante las lecciones que aquí le damos, a cumplirlos todos por
igual.
EUGENIA, poniéndose un consolador: ¡Oh, encantada! Nunca me cogeréis en falta
cuando se trate de libertinaje: ahora es mi único dios, la única regla de mi conducta, la
única base de todas mis acciones. (Encula a Dolmancé.) ¿Es así, querido maestro?... ¿Lo
hago bien?...
DOLMANCÉ: ¡De maravilla!... ¡Realmente la pequeña bribona me encula como un
hombre!... ¡Bueno! Me parece que ya estamos perfectamente enlazados los cuatro; ahora
sólo se trata de seguir adelante...
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Ay, me muero, caballero!... ¡No puedo acostumbrarme a las
deliciosas sacudidas de tu hermosa polla!...