Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
50
DOLMANCÉ: ¡Rediós! ¡Qué placer me da este culo encantador! ¡Ah! ¡Joder, joder!
¡Descarguemos los cuatro a la vez!... ¡Rediós, me muero, desfallezco!... ¡Ay, en mi vida
me correré con más voluptuosidad! ¿Has perdido tu esperma, caballero?
EL CABALLERO: Mira este coño, mira qué embadurnado está.
DOLMANCÉ: ¡Ay, amigo mío, y que no tenga yo otro tanto en el culo!
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Descansemos, me muero!
DOLMANCÉ, besando a Eugenia: Esta encantadora niña me ha jodido como un dios.
EUGENIA: Realmente he vuelto a sentir placer.
DOLMANCÉ: Todos los excesos lo proporcionan cuando uno es libertino, y lo mejor
que puede hacer una mujer es multiplicarlos más allá incluso de lo posible.
SRA. DE SAINT-ANGE: He depositado quinientos luises en un notario para el indivi-
duo que me enseñe una pasión que no conozca y que pueda sumergir mis sentidos en una
voluptuosidad que todavía no haya gozado.
DOLMANCÉ: (En este punto los interlocutores, nuevamente tranquilos, sólo se
preocupan de hablar) Esa idea es extravagante y la tendré en cuenta, pero dudo, señora,
que ese singular deseo tras el que corréis se parezca a los débiles placeres que acabáis de
gustar.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Cómo?
DOLMANCÉ: Os juro por mi honor que no conozco nada tan fastidioso como gozar de
un coño y cuando, como vos, señora, se ha probado el placer del culo, no concibo que
nadie se vuelva a los otros.
SRA. DE SAINT-ANGE: Son viejos hábitos. Cuando una piensa como yo, quiere que
la jodan por todas partes, y, cualquiera que sea la parte que un aparato perfore, una es fe-
liz al sentirlo. Soy, sin embargo, de vuestra opinión, y aseguro aquí a todas las mujeres
voluptuosas que el placer que se siente jodiendo por el culo superará siempre con mucho
al que se experimenta haciéndolo por el coño. Que se remitan para ello a la mujer de Eu-
ropa que más veces lo ha hecho de las dos maneras: yo les aseguro que no hay la menor
comparación, y que difícilmente volverán al de adelante cuando hayan hecho la experien-
cia del trasero.
EL CABALLERO: Yo no pienso lo mismo. Me presto a lo que sea, pero por gusto, lo
único que verdaderamente amo en las mujeres es el altar que indicó la naturaleza para
rendirles homenaje.
DOLMANCÉ: ¡Ese lugar es el culo! Querido caballero, si escrutas con cuidado sus le-
yes, jamás la naturaleza indicó otros altares para nuestro homenaje que el agujero del
trasero; permite lo demás, pero ordena éste. ¡Ah, rediós! Si su intención no fuera que jo-
diésemos los culos, ¿habría proporcionado con tanta exactitud su orificio a nuestros
miembros? Ese orificio, ¿no es tan redondo como ellos?
¿Hay un ser lo bastante enemigo del sentido común para imaginar que un agujero ovala-
do puede haber sido creado por la naturaleza para miembros redondos? Sus intenciones se
leen en esa deformidad: nos hace ver claramente con ello que sacrificios demasiado reitera-
dos en esa parte, multiplicando una propagación que ella sólo se limita a tolerar, le des-
agradarían de modo infalible... Pero prosigamos con nuestra educación. Eugenia acaba de
contemplar a placer el sublime misterio de una descarga; quisiera ahora que aprendiese a
dirigir sus oleadas.
SRA. DE SAINT-ANGE: En el agotamiento en que ambos estáis, será prepararle un
buen trabajo.