Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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DOLMANCÉ: Estoy de acuerdo, por eso me gustaría que viniese, de vuestra casa o de
vuestros campos, algún joven muy robusto que nos sirva de maniquí y sobre el que poda-
mos dar las lecciones.
SRA. DE SAINT-ANGE: Tengo precisamente lo que me pedís.
DOLMANCÉ: ¿No será por casualidad un joven jardinero, de rostro delicioso y de unos
dieciocho o veinte años, que he visto hace un momento trabajando en vuestro huerto?
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Agustín! ¡Sí, precisamente, Agustín, cuyo miembro tiene tre-
ce pulgadas de largo por ocho y medio de circunferencia!
DOLMANCÉ: ¡Ah, santo cielo! ¡Qué monstruo!... Yeso ¿eyacula?...
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Oh, como un torrente!... Voy a buscarlo.
Quinto Diálogo
DOLMANCÉ, EL CABALLERO, AGUSTÍN, EUGENIA, SRA. DE SAINT-ANGE
SRA. DE SAINT-ANDE, trayendo a Agustín: Aquí está el hombre del que os he habla-
do. Vamos, amigos míos, divirtámonos. ¿Qué sería la vida sin placer? ¡Acércate, pánfilo!
¡Oh, qué tonto! ¿Podéis creer que hace seis meses que trabajo por desbravar a este gran
cerdo sin conseguirlo?
AGUSTÍN: ¡Vaya, zeñora! Deciz a veces que empiezo hora no ir tanto mal, y cuando hay
terreno barbecho, siempre a mi lo dais.
DOLMANCÉ, riendo: ¡Ah, encantador... encantador! Nuestro querido amigo es tan fran-
co como fresco... (Señalando a Eugenía.) Agustín, aquí tienes un bancal de flores en bar-
becho; ¿quieres encargarte?
AGUSTÍN: ¡Ay, caray, señores, tan gentiles pedazoz no están hecho para nozotroz.
DOLMANCÉ: Vamos, señorita.
EUGENIA, ruborizándose: ¡Oh, cielos, qué vergüenza!
DOLMANCÉ: Alejad de vos ese sentimiento pusilánime; de todas nuestras acciones, so-
bre todo de las del libertinaje por sernos inspiradas por la naturaleza, no hay ninguna, sea
cual fuere la especie de que podáis suponerla, por la que debamos sentir vergüenza. Vamos,
Eugenia, haced acto de putanismo con este joven; pensad que toda provocación de una
muchacha a un muchacho es una ofrenda a la naturaleza, y que vuestro sexo nunca la sir-
ve mejor que cuando se prostituye al nuestro: en una palabra, que habéis nacido para ser
jodida, y que la mujer que se niega a esta intención de la naturaleza no merece ver la luz.
Bajad vos misma los calzones de este joven hasta más abajo de sus bellos muslos, enro-
lladle la camisa debajo de la chaqueta de modo que la delantera... y el trasero, que tiene,
entre paréntesis, muy hermoso, se encuentren a vuestra disposición. Que ahora una de
vuestras manos se apodere de ese gran trozo de carne que pronto, lo estoy viendo, va a
espantaros por su forma, y que la otra se pasee por las nalgas, y le haga cosquillas, así, en
el orificio del culo... Sí, así... (Para demostrar a Eugenia cómo debe hacerlo, él mismo
socratiza a Agustín.) Descapullad bien esa cabeza rubicunda; no la cubráis nunca al mas-
turbarla; mantenedla desnuda... tensad el frenillo hasta romperlo... ¡Bien! ¿Veis ahora el
efecto de mis lecciones?... Y tú, hermoso mío, te lo ruego, no te quedes así con las manos
juntas; ¿no tienes en qué ocuparlas?... Paséalas por ese hermoso seno, por esas hermosas
nalgas...