Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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AGUSTÍN: Zeñorez, ¿no pudiera yo bezar a zeñorita que me da tanto placer?
SRA. DE SAINT ANGE: Pues bésala, imbécil, bésala cuanto quieras, ¿o es que no me
besas a mí cuando me acuesto contigo?
AGUSTÍN: ¡Ah, caray! ¡Qué hermosa boca!... ¡Qué frezca eztáiz!... Me parece tener la
nariz zobre laz rozaz de nuestro jardín. (Mostrando su polla tiesa.) ¡Veiz, zeñorez, veiz
el efecto que ezo ha producido! EUGENIA: ¡Cielos! ¡Qué larga!...
DOL.MANCÉ: Que vuestros movimientos sean ahora más regulares, más enérgicos...
Dejadme el sitio un momento, y mirad bien cómo lo hago. (Se la menea a Agustín.)
¿Veis cómo estos movimientos son más firmes y al mismo tiempo más blandos? ... To-
mad, seguid, y sobre todo no tapéis el capullo... ¡Bien! Ya está en toda su potencia; exa-
minemos si es cierto que la tiene más gorda que el caballero.
EUGENIA: No hay ninguna duda: ya veis que no puedo empuñarla.
DOLMANCÉ, mide: Sí, tenéis razón: trece de longitud por ocho y medio de circunfe-
rencia. Nunca la he visto tan gorda. Es lo que se dice una polla soberbia. ¿Y os servís de
ella, señora?
SRA. DE SAINT-ANGE: Regularmente todas las noches cuando estoy en este campo.
DOLMANCÉ: Espero que por el culo.
SRA. DE SAINT-ANGE: Con más frecuencia por el coño.
DOLMANCÉ: ¡Ay, rediós! ¡Qué libertinaje! Pues bien, palabra de honor que no sé si
me va a caber.
SRA. DE SAINT-ANGE: No os hagáis el estrecho, Dolmancé; entrará en vuestro culo
como entra en el mío.
DOLMANCÉ: Ya lo veremos: me halaga que mi Agustín me haga el honor de lanzar-
me un poco de leche en el trasero; se lo devolveré; pero prosigamos nuestra lección...
Vamos, Eugenia, la víbora va a vomitar su veneno; preparaos; que vuestros ojos estén
fijos en la cabeza de este sublime miembro; y cuando, en prueba de su pronta eyacula-
ción, lo veáis hincharse y matizarse del púrpura más bello, que vuestros movimientos ad-
quieran toda la energía de que son capaces; que los dedos que cosquillean el ano se hun-
dan lo más profundo que puedan; entregaos por completo al libertino que goza de vos;
buscad su boca para chuparla; que vuestros atractivos vuelen, por así decir, hacia sus ma-
nos!... ¡Se corre, Eugenia, ahí tenéis el instante de vuestro triunfo!
AGUSTÍN: ¡Ají! ¡Ají! ¡Ají! ¡Zeñorita, me muero!... ¡No puedo máz!... Ahora máz fuer-
te, oz lo zuplico... ¡Ay, redióz, no veo nada claro!...
DOLMANCÉ: ¡Más fuerte, más fuerte, Eugenia, sin miramientos, está en la ebriedad!...
¡Ah, qué abundancia de esperma!... ¡Con qué vigor la ha lan zado!... Ved las huellas del
primer chorro: ha saltado más de diez pies... ¡Recristo! ¡Ha llenado toda la habitación!...
Nunca he visto a nadie correrse así; y decid, señora, ¿os ha jodido esta noche?
SRA. DE SAINT-ANGE: Nueve o diez veces, me parece: hace tiempo que ya no con-
tamos.
EL CABALLERO: Hermosa Eugenia, estáis toda cubierta.
EUGENIA: Quisiera estar inundada. (A Dolmancé.) Y bien, maestro mío, ¿estás con-
tento?
DOLMANCÉ: Mucho, para empezar; pero todavía hay algunos episodios que habéis
descuidado.
SRA. DE SAINT-ANGE: Esperemos: en ella no pueden ser más que fruto de la expe-
riencia; en cuanto a mí, lo confieso, estoy muy contenta de mi Eugenia; anuncia las mejo-