Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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res disposiciones, y creo que ahora debemos hacerla gozar de otro espectáculo. Hagámos-
le ver los efectos de una polla en el culo. Dolmancé, voy a ofreceros el mío; yo estaré en
brazos de mi hermano; él me la meterá por el coño, vos por el culo, y será Eugenia la que
preparará vuestra polla, quien la colocará en mi culo, regulará todos los movimientos y
los estudiará a fin de familiarizarse con esta operación que inmediatamente le haremos
sufrir a ella misma con la enorme polla de este hércules.
DOLMANCÉ: Me agrada la idea, y ese lindo culito será pronto desgarrado ante nues-
tros ojos por las violentas sacudidas del bravo Agustín. Apruebo, entre tanto, lo que pro-
ponéis, señora, pero si queréis que os trate bien, permitidme añadir una cláusula: Agustín,
a quien voy a lograr que se le ponga tiesa con dos pasadas de mano, me enculará mientras
yo os sodomizo.
SRA. DE SAINT ANGE: Apruebo de buena gana el arreglo; yo saldré ganando, y para
mi alumna serán dos excelentes lecciones en vez de una.
DOLMANCÉ, apoderándose de Agustín: Ven aquí, muchachote mío, ven que te re-
anime... ¡Qué guapo eres!... Bésame, amigo mío..., todavía estás todo mojado de leche, y
es leche lo que yo te pido... ¡Rediós, tengo que chuparle el culo a la vez que se la me-
neo!...
EL CABALLERO: Acércate, hermana; para responder mejor a las intenciones de Dol-
mancé y a las tuyas, voy a tumbarme en esta cama, te acostarás en mis brazos, exponién-
dole a él tus hermosas nalgas lo más separadas posible... Sí, así: ahora ya podemos empe-
zar.
DOLMANCÉ: Todavía no, esperadme, antes tengo que encular a tu hermana, puesto
que Agustín me lo insinúa; luego os casaré a vosotros: serán mis dedos los que os unan.
No faltemos a ninguno de los principios: pensemos que una alumna nos mira, y que le
debemos lecciones precisas. Eugenia, venid a meneármela mientras yo decido al enorme
aparato de este mal sujeto; mantened la erección de mi polla masturbándola levemente
sobre vuestra nalgas. (Ella lo pone en práctica.)
EUGENIA: ¿Lo hago bien?
DOLMANCÉ: Siempre ponéis demasiada blandura en vuestros movimientos; apretad
mucho más la polla que meneáis, Eugenia: si la masturbación sólo es agradable porque
comprime más que el goce, la mano que coopera tiene que volverse, para el aparato que
trabaja, un lugar infinitamente más estrecho que ninguna otra parte del cuerpo... ¡Mejor,
mucho mejor, así!... Separad el trasero un poco más, para que, a cada sacudida, la cabe-
za de mi polla toque el ojete de vuestro culo... ¡Sí, así! Masturba a tu hermana entretan-
to, caballero; estamos contigo dentro de un minuto... ¡Ah, bien, ya se le pone tiesa a mi
hombre!... Vamos, preparaos, señora; abrid ese culo sublime a mi ardor impuro; guía el
dardo, Eugenia; ha de ser tu mano la que lo encamine a la brecha; es preciso que sea
ella la que lo haga penetrar; cuando esté dentro, cogerás el de Agustín, con el que llena-
rás mis entrañas; ésos son tus deberes de novicia; en todo ello hay enseñanzas que pue-
des sacar; por eso te mando que lo hagas.
SRA. DE SAINT ANGE: ¿Mis nalgas están bien para ti, Dolmancé? ¡Ay, ángel mío!
¡Si supieras cómo te deseo, cuánto tiempo hace que quiero que me encule un bujarrón!
DOLMANCÉ: Vuestros deseos van a ser saciados, señora; mas permitid que me de-
tenga un instante a los pies del ídolo: ¡quiero festejarlo antes de introducirme hasta el
fondo de su santuario!... ¡Qué culo divino!... ¡Dejadme que lo bese!... ¡Que lo lama mil