Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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DOLMANCÉ: ¡Ha sido uno de los mejores goces que he tenido en mi vida! (Señalando
a Agustín.) Este bujarrón me ha llenado de esperma... ¡Pero bien os lo he devuelto, seño-
ra!...
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Ay, no me habléis, estoy inundada!
EUGENIA: ¡Yo no puedo decir otro tanto! (Arrojándose retozona en los brazos de su
amíga.) Dices que has cometido muchos pecados, querida; ¡pero yo, gracias a Dios, ni
uno solo! ¡Ay, si como mucho tiempo pan con humo como ahora, no tengo que temer
ninguna indigestión!
SRA. DE SAINT-ANGE, estallando de risa: ¡Qué pícara!
DOLMANCÉ: ¡Es encantadora!... Venid aquí, pequeña, que os azote. (Le da cachetes
en el culo.) Besadme, que pronto os tocará.
SRA. DE SAINT ANGE: De ahora en adelante, hermano mío, sólo tenemos que ocu-
parnos de ella; mírala, es tu presa; examina esa encantadora virginidad, pronto te va a
pertenecer.
EUGENIA: ¡Oh, por delante no! Me haría mucho daño, por detrás cuanto queráis,
como Dolmancé acaba de hacerme hace un rato.
SRA. DE SAINTANGE: ¡Ingenua y deliciosa muchachita! ¡Os pide precisamente lo
que tanto cuesta obtener de otras!
EUGENIA: ¡Oh! Y no sin remordimientos; porque no me habéis tranquilizado sobre
el crimen enorme que siempre oí decir que había en ello, y, sobre todo, en hacerlo entre
hombres, como acaba de ocurrir entre Dolmancé y Agustín. Veamos, veamos, señor,
¿cómo explica vuestra filosofía esta clase de delito? ¿Es horrible, verdad?
DOLMANCÉ: Partid de lo siguiente, Eugenia, y es que no hay nada horroroso en li-
bertinaje, porque todo lo que el libertinaje inspira está inspirado asimismo por la natu-
raleza; las acciones más extraordinarias, las más extravagantes, las que parecen chocar
con más evidencia a todas las leyes, a todas las instituciones humanas (porque en cuan-
to al cielo, de él no hablo), pues bien, Eugenia, ni siquiera éstas son horrorosas, y ni una
sola carece de modelo en la naturaleza; cierto que ésa de que habláis, hermosa Eugenia,
es la misma, relativamente, que aquella que se encuentra en una fábula tan singular de
la insulsa narración de la santa Escritura, fastidiosa compilación de un judío ignorante
durante el cautiverio de Babilonia; pero es falso, y completamente inverosímil, que fue-
se como castigo a estos extravíos por lo que esas ciudades, o mejor, esas aldeas, pere-
cieron por el fuego; situadas en el cráter de algunos antiguos volcanes, Sodoma y Go-
morra perecieron como esas ciudades de Italia que engulleron las lavas del Vesubio:
eso es todo el milagro, y, sin embargo, fue de ese suceso tan simple de donde partieron
para inventar bárbaramente el suplicio del fuego contra los desgraciados humanos que
se entregaban en una parte de Europa a esa fantasía natural.
EUGENIA: ¡Oh, natural!
DOLMANCÉ: Sí, natural, lo repito; la naturaleza no tiene dos voces: una con la mi-
sión de condenar diariamente lo que la otra inspira; y es muy cierto que sólo por su ór-
gano reciben los hombres encaprichados con esta manía las impresiones que hacia ella
los llevan. Quienes intentan proscribir o condenar este gusto pretenden que perjudica a
la procreación. ¡Qué tontos son! Esos imbéciles nunca han tenido en la cabeza otra idea
que la procreación, ni han visto nunca otra cosa que crimen en todo lo que se aparta de
ella. ¿Está demostrado acaso que la naturaleza tenga tanta necesidad de esa procreación
como quisieran hacérnoslo creer? ¿Es totalmente cierto que se la ultraja cada vez que