Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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uno se aparta de esa estúpida procreación? Escrutemos un instante, para convencernos
de ello, tanto su marcha como sus leyes. Si la naturaleza no hiciera más que crear, y si
no destruyese nunca, yo podría creer, con esos fastidiosos sofistas, que el más sublime
de todos los actos sería trabajar sin cesar en el que produce, y, por ende, les concedería
que la negativa a producir deba ser necesariamente un crimen. La más leve ojeada sobre
las operaciones de la naturaleza, ¿no prueba que las destrucciones son tan necesarias
para sus planes como las creaciones? ¿Que estas dos operaciones están ligadas y enca-
denadas tan íntimamente que le resulta imposible a una actuar sin la otra? ¿Que nada
nacería, ni nada se regeneraría sin destrucciones? La destrucción es, por tanto, una de
las leyes de la naturaleza, igual que la creación.
Admitido este principio, ¿cómo puedo ofender a la naturaleza negándome a crear? Si
suponemos como mal tal acción, sería infinitamente más pequeño, desde luego, que el
de destruir, que, sin embargo, se encuentra entre sus leyes como acabo de probar. Si por
un lado admito la inclinación que la naturaleza me impone hacia tal pérdida, por otro
veo que le es necesario y que no hago otra cosa que entrar en sus miras entregándome a
ella. ¿Dónde estaría entonces el crimen, os pregunto? Pero los tontos y los procreadores
objetan aún lo que es sinónimo, ese esperma procreador no puede haber sido puesto en
vuestros riñones para más uso que el de la procreación: volverlo hacia otra parte es una
ofensa. Acabo de probar, en primer lugar, que no, puesto que esta pérdida no equival-
dría siquiera a una destrucción, y que la destrucción, mucho más importante que la pér-
dida, no sería en sí misma un crimen. En segundo lugar, es falso que la naturaleza quie-
ra que este licor espermático esté absoluta y enteramente destinado a producir; si así
fuera, no sólo no permitiría que tal derrame se produjera en otros casos, como nos
prueba la experiencia, puesto que lo perdemos cuando queremos y donde queremos,
sino que, además, se opondría a que tales pérdidas ocurrieran sin coito, como sucede
tanto en nuestros sueños como en nuestros recuerdos; avara de un licor tan precioso,
nunca permitiría su derrame salvo en el vaso de la propagación; no querría, con toda
seguridad, que esta voluptuosidad con que entonces nos corona pudiera ser sentida de
nuevo si desviásemos el homenaje; porque no sería razonable suponer que consiente en
darnos placer en el momento mismo en que nosotros la abrumamos a ultrajes. Vayamos
más lejos: si las mujeres no hubieran nacido para producir, cosa que sería así si tal pro-
creación fuera tan cara a la naturaleza, ocurriría, suponiendo la vida de mujer más larga,
que sólo durante siete años, hechas todas las deducciones, se hallaría en condiciones de
dar la vida a su semejante. ¡Cómo! ¡La naturaleza está ávida de procreación; todo lo
que no tiende a esa meta la ofende, y, en cien años de vida, el sexo destinado a produ-
cirla no podrá hacerlo más que durante siete años! ¡La naturaleza sólo quiere propaga-
ciones, y la semilla que presta al hombre para servir a esas propagaciones se pierde
siempre que place al hombre! ¡Él encuentra el mismo placer en esta pérdida que en su
empleo útil, y nunca el menor inconveniente!...
Cesemos, amigos, cesemos de creer en tales absurdos: hacen estremecerse al sentido
común. ¡Ah! Lejos de ultrajar a la naturaleza, convenzámonos bien, por el contrario, de
que el sodomita y la tríbada están a su servicio, negándose obstinadamente a una con-
junción de la que sólo resulta una progenitura fastidiosa para ella. No nos engañemos,
tal propagación no fue nunca una de sus leyes, sino todo lo más una tolerancia, ya os lo
he dicho. ¡Pero qué le importa que la raza de los hombres se extinga o aniquile en la
tierra! ¡Se ríe de nuestro orgullo, que nos ha convencido de que todo terminaría si esa