Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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desgracia ocurriese! Ella ni se daría cuenta. ¿Cree alguien que no ha habido ya razas
extinguidas? Buffon cuenta varias, y la naturaleza, muda por una pérdida tan preciosa,
ni siquiera lo tiene en cuenta. La especie entera se aniquilaría, y el aire no sería menos
puro por ello, ni el astro menos brillante, ni la marcha del universo menos exacta. ¡Hay
que ser imbécil para creer que nuestra especie es tan útil al mundo que quien no trabaje
por propagarla o quien perturbe esa propagación se volvería necesariamente un crimi-
nal! Cesemos de estar ciegos en este punto, y que el ejemplo de los pueblos más ra-
zonables nos sirva para convencernos de nuestros errores. No hay un solo rincón de la
tierra donde ese pretendido crimen de sodomía no haya tenido templos ni partidarios.
Los griegos, que hacían de él una virtud, le erigieron una estatua con el nombre de Ve-
nus Calípiga; Roma envió en busca de leyes a Atenas, y de allí se trajo este gusto divi-
no.
¡Qué progresos no le vemos hacer bajo los emperadores! Al amparo de las águilas
romanas se extiende de un extremo a otro de la tierra; cuando desaparece el imperio, se
refugia junto a la tiara, sigue a las artes en Italia, nos llega cuando nos civilizamos.
Descubrimos un hemisferio, y allí encontramos la sodomía. Cook fondea en un mundo
nuevo: allí reina ella. Si nuestros globos hubieran estado en la luna, allí la habrían en-
contrado igualmente. Gusto delicioso, hijo de la naturaleza y del placer, debéis estar
doquiera se hallen hombres, y doquiera se os haya conocido os erigirán altares. ¡Oh,
amigos míos, puede haber extravagancia igual a la de imaginar que un hombre ha de ser
un monstruo digno de perder la vida por preferir en sus goces el agujero del culo al de
un coño, por haberle parecido preferible un joven con el que encuentra dos placeres, el
de ser a la vez amante y querida, a una muchacha que no le promete más que un goce!
¡Sería un malvado, un monstruo por haber querido jugar el papel de un sexo que no es
el suyo! Y entonces, ¿por qué la naturaleza lo ha creado sensible a este placer?
Examinad su conformación; observaréis en ella diferencias radicales con la de los
hombres que no comparten este gusto; sus nalgas serán más blancas, más rollizas; ni un
pelo sombreará el altar del placer, cuyo interior, tapizado de una membrana más delica-
da, más sensual, más acariciadora, será positivamente de la misma clase que el interior
de la vagina de una mujer; el carácter de este hombre, también diferente del carácter de
los demás, tendrá más blandura, más flexibilidad; encontraréis en él casi todos los vi-
cios y todas las virtudes de las mujeres; reconoceréis incluso su debilidad; todos ten-
drán sus manías y, algunos, los rasgos. ¿Será, pues, posible que la naturaleza, asimilan-
do de este modo a las mujeres, se irrite por tener los gustos de ellas? ¿No es evidente
que se trata de una clase de hombres distinta de la otra, y que la naturaleza la creó así
para disminuir esta propagación, cuya extensión excesiva la perjudicaría infaliblemen-
te?... ¡Ay, querida Eugenia, si supierais cuán deliciosamente se goza cuando una polla
gorda nos llena el trasero; cuando, hundida hasta los cojones, se mueve con ardor;
cuando, retraída hasta el prepucio, vuelve a hundirse hasta el pelo! ¡No, no, no hay en
el mundo entero un goce comparable a éste: es el de los filósofos, es el de los héroes,
sería el de los dioses si las partes de ese divino goce no fueran ellas mismas los únicos
dioses que debemos adorar en la tierra
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Como en la continuación de esta obra hay una disertación más amplia sobre esta materia, aquí nos li-
mitaremos a un análisis ligero.