Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
58
EUGENIA, muy animada: ¡Oh, amigos míos, que alguien me encule! Tomad, aquí es-
tán mis nalgas..., os las ofrezco... ¡Jodedme, me corro!... (Al pronunciar estas palabras
cae en brazos de la Sra. de Saint-Ange, quien la estrecha, la besa y ofrece los lomos
alzados de esta joven a Dolmancé.)
SRA. DE SAINT ANGE: Divino preceptor, ¿resistiríais esta propuesta? ¿No ha de ten-
taros este sublime trasero? ¡Mirad cómo respira, cómo se entreabre!
DOLMANCÉ: Os pido perdón, hermosa Eugenia; no seré yo, si lo permitís, quien se
encargue de apagar los fuegos que enciendo. Querida niña, tenéis a mis ojos el gran pe-
cado de ser mujer. De buena gana quisiera olvidar toda prevención para cosechar vuestras
primicias; espero que os parezca bien que me quede ahí; el caballero se encargará de la
faena. Su hermana, armada con este consolador, dará en el culo de su hermano los golpes
más temibles, al tiempo que presentará su hermoso trasero a Agustín, que la enculará y al
que yo joderé entretanto; porque, no quiero ocultároslo, el culo de este hermoso mucha-
cho me tienta desde hace una hora, y quiero devolverle totalmente lo que me ha hecho.
EUGENIA: Acepto el cambio; pero, de verdad, Dolmancé, la franqueza de vuestra con-
fesión no deja de encerrar cierta descortesía.
DOLMANCÉ: Mil perdones, señorita; pero nosotros, los bujarrones, no alardeamos
más que de franqueza y de justicia en nuestros principios.
SRA. DE SAINT-ANGE: Reputación de franqueza no es, sin embargo, lo que se tiene
de los que, como vos, están acostumbrados a poseer a las personas sólo por detrás.
DOLMANCÉ: Algo traidores, sí, algo falsos, ¿eso creéis? Pues bien, señora, os he de-
mostrado que tal carácter era indispensable en la sociedad. Condenados a vivir con per-
sonas que tienen el mayor interés en ocultarse a nuestros ojos, en disfrazar sus vicios que
tienen para no ofrecernos más que las virtudes que nunca veneraron, correríamos el ma-
yor peligro si mostrásemos únicamente franqueza; porque, entonces, es evidente que les
concederíamos sobre nosotros todas las ventajas que ellos nos niegan, y el engaño sería
manifiesto. El disimulo y la hipocresía son necesidades que la sociedad nos ha impuesto:
cedamos ante ella. Permitidme que me ofrezca a vos un instante como ejemplo, señora:
con toda probabilidad, no hay en el mundo un ser más corrompido; pues bien, mis con-
temporáneos están engañados; preguntadles qué piensan de mí, todos os dirán que soy un
hombre honrado, cuando no hay un solo crimen del que no haya hecho mis delicias más
queridas.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Oh, no me convenceréis de que los habéis cometido atroces!
DOLMANCÉ: ¡Atroces!... De verdad, señora, he cometido horrores.
SRA. DE SAINT-ANGE: Pues bien, sí, sois como aquel que decía a su confesor: «El
detalle es inútil, señor; excepto el asesinato y el robo, podéis estar seguro de que lo he
hecho todo.»
DOLMANCÉ: Sí, señora, yo diría lo mismo, aunque con una excepción.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Cómo! ¿Libertino, os habéis permitido?...
DOLMANCÉ: Todo, señora, todo; ¿puede uno negarse a algo con mi temperamento y
con mis principios?
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Ay, jodamos, jodamos!... Ante estas palabras, no puedo
aguantar más; ya volveremos sobre ello, Dolmancé; pero, para añadir mayor fe a vuestras
confesiones, quiero oírlas únicamente con la cabeza fría. Cuando la tenéis tiesa os gus-
ta decir horrores, y quizá nos dierais ahora por verdades los libertinos prodigios de
vuestra imaginación inflamada. (Se colocan.)