Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
61
ocurre por el contrario que la singularidad de nuestros órganos, una construcción extraña,
nos hace agradables los dolores del prójimo, como a veces ocurre: ¿quién duda entonces
de que ineludiblemente debemos preferir este dolor de otros, que nos divierte, a la ausen-
cia de tal dolor, que se convertiría en una privación para nosotros? La fuente de todos
nuestros errores en moral procede de la admisión ridícula de ese hilo de fraternidad que
inventaron los cristianos en su siglo de infortunio y de indigencia. Forzados a mendigar la
piedad de los demás, no era torpe sostener que eran todos hermanos. ¿Cómo negar ayuda,
según esa hipótesis? Pero es imposible admitir semejante doctrina. ¿No nacemos todos
aislados? Digo más, ¿no somos enemigos unos de otros, no nos hallamos todos en estado
de guerra perpetuo y recíproco? Ahora bien, yo os pregunto si lo sería suponiendo que las
virtudes exigidas por ese pretendido hilo de fraternidad estuvieran realmente en la natura-
leza. Si su voz las inspirase a los hombres, las sentirían desde el nacimiento. A partir de
ese instante la piedad, la beneficencia, la humanidad, resultarían virtudes naturales, de las
que sería imposible defenderse, y que harían ese estado primitivo del hombre salvaje to-
talmente contrario a como lo vemos.
EUGENIA: Pero si, como decís, la naturaleza hace que los hombres nazcan aislados,
independientes unos de otros, me concederéis al menos que las necesidades, al acercarlos,
han debido establecer obligatoriamente algunos lazos entre ellos
24
; de ahí, los de la san-
gre nacidos de su alianza recíproca, los del amor, los de la amistad, los del reconocimien-
to; espero que al menos respetéis éstos.
DOLMANCÉ: No más que los otros, en realidad; pero analicémoslos, lo deseo: eche-
mos una rápida ojeada, Eugenia, sobre cada uno en particular. tDiríais vos, por ejemplo,
que la necesidad de casarme, para ver prolongada mi raza o para conseguir mi fortuna,
debe establecer lazos indisolubles o sagrados con el objeto al que me alío? Os pregunto,
tno sería absurdo sostenerlo? Mientras dura el acto del coito, puedo indudablemente ne-
cesitar ese objeto para que participe en él; pero tan pronto como está concluido, decidme,
¿qué queda entre él y yo? ¿Y qué obligación real encadenará, a él o a mí, a los resultados
de ese coito? Estos últimos lazos fueron frutos del pavor que sintieron los padres a ser
abandonados en su vejez, y los interesados cuidados que tienen con nosotros en nuestra
infancia son únicamente para merecer luego las mismas atenciones en su postrera edad.
Dejemos de ser víctimas de todo esto: no debemos nada a nuestros padres..., ni lo más
mínimo, Eugenia, y como han trabajado menos para nosotros que para sí, nos está permi-
tido detestarlos y deshacernos incluso de ellos si su proceder nos irrita; sólo debemos
amarlos si actúan bien con nosotros, y esa ternura no debe ser un grado superior al que
tendríamos con otros amigos, porque los derechos del nacimiento no establecen nada ni
fundan nada, y, escrutándolos con prudencia y reflexión, no encontraremos probablemen-
te en ellos otra cosa que razones de odio hacia los que, pensando sólo en sus placeres, no
nos han dado a menudo más que una existencia desgraciada o malsana.
¡Me habláis de los lazos del amor, Eugenia! ¿Habéis podido conocerlos alguna vez?
¡Ah, que semejante sentimiento no se acerque jamás a vuestro corazón, por el bien que os
deseo! ¿Qué es el amor? A mi entender, sólo puede considerarse como el efecto resultan-
te de las cualidades de un objeto hermoso sobre nosotros; tales efectos nos transportan,
24
Nuevo eco de Rousseau y de su Discurso sobre la desigualdad: «Satisfecha la necesidad, los dos
sexos ya no se reconocían, y el hijo mismo no era nada para la madre tan pronto como podía prescindir de
ella.» [Nota del T]