Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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nos inflaman; si poseemos ese objeto, ya estamos contentos; si nos es imposible conse-
guirlo, nos desesperamos. Pero ¿cuál es la base de ese sentimiento?... el deseo. ¿Cuáles
son las secuelas de ese sentimiento?... la locura. Atengámonos, pues, al motivo, y li-
brémonos de los efectos. El motivo es poseer el objeto; pues bien, tratemos de triunfar,
pero con prudencia; gocémoslo en cuanto lo tengamos; consolémonos en caso contrario:
otros mil objetos semejantes, y con frecuencia mejores, nos consolarán de la pérdida de
ése; todos los hombres, todas las mujeres, se parecen: no hay amor que resista los efectos
de una reflexión sana. ¡Oh! ¡Qué engaño esa embriaguez que, absorbiendo en nosotros el
resultado de los sentidos, nos pone en tal estado que ya no vemos ni existimos más que
por ese objeto locamente adorado! ¿Es eso vivir? ¿No es más bien privarse voluntaria-
mente de todas las dulzuras de la vida? ¿No es querer permanecer en una fiebre ardorosa
que nos absorbe y que nos devora sin dejarnos otra dicha que goces metafísicos, tan se-
mejantes a los efectos de la locura? Si debiéramos amar siempre ese objeto adorable, si
fuera seguro que jamás tendríamos que abandonarlo, sería una extravagancia, indudable-
mente, pero excusable al menos. ¿Ocurre? ¿Hay muchos ejemplos de esas relaciones
eternas que jamás se hayan desmentido? Algunos meses de goce, que ponen pronto al
objeto en su verdadero lugar, nos hacen avergonzarnos por el incienso que hemos que-
mado en sus altares, y con frecuencia no llegamos siquiera a concebir que haya podido
seducirnos hasta ese punto.
¡Oh jóvenes voluptuosas, entregadnos por tanto vuestros cuerpos cuanto podáis! Follad,
divertíos: eso es lo esencial; pero huid con cuidado del amor. Lo único bueno que tiene es
la parte física, decía el naturalista Buffon
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, y no sólo sobre este punto razonaba como
buen filósofo. Lo repito, divertíos; pero no améis; no os preocupéis más por ser amadas:
lo necesario no es extenuarse en lamentaciones, en suspiros, en miradas, en billetes de
dulce amor, sino follar, multiplicar y cambiar a menudo de jodedores, oponerse fuerte-
mente sobre todo a que uno solo quiera cautivaros, porque la meta de este constante amor
sería, atándoos a él, impediros que os entreguéis a otro, egoísmo cruel que pronto se vol-
vería fatal para vuestros placeres. Las mujeres no están hechas para un solo hombre: la
naturaleza las ha creado para todos. Escuchando sólo esta sagrada voz, que se entreguen
indiferentemente a cuantos quieran algo de ellas. Siempre putas, nunca amantes, re-
pudiando el amor, adorando el placer, sólo rosas encontrarán en la carrera de la vida; sólo
flores será lo que nos prodiguéis. Preguntad, Eugenia, preguntad a la encantadora mujer
que ha tenido a bien encargarse de vuestra educación, sobre el caso que hay que hacer a
un hombre cuando se ha gozado de él. (Lo suficientemente bajo para no ser oído po-
rAgustín.) Preguntadle si daría un paso para conservar a este Agustín que hace hoy día
sus delicias. En la hipótesis de que quisieran quitárselo, tomaría otro, no pensaría más en
éste, y, pronto cansada del nuevo, lo inmolaría ella misma en dos meses si nuevos goces
debieran nacer de tal sacrificio.
SRA. DE SA1NT-ANGE: Que mi querida Eugenia esté completamente segura de que
Dolmancé le explica mi corazón, igual que el de todas las mujeres, como si le hubiéramos
abierto sus entretelas.
DOLMANCÉ: La última parte de mi análisis se dirige por tanto a los lazos de la amis-
tad y a los del reconocimiento. Respetemos los primeros, consiento en ello, mientras nos
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En el Discurso sobre la naturaleza de los animales (1753). Rousseau también aprovecha esta idea de
Buffon para demostrar que la familia no es natural. [Nota del T]