Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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sean útiles; conservemos a nuestros amigos mientras nos sirvan; olvidémoslos desde el
momento en que no podamos sacar nada de ellos; a las personas nunca hay que amarlas
más que por uno mismo; amarlas por ellas mismas no es más que un engaño; jamás estu-
vo en la naturaleza inspirar a los hombres otros impulsos, otros sentimientos que los que
deben ser buenos para algo; nada es tan egoísta como la naturaleza; seámoslo por tanto
también si queremos cumplir sus leyes. En cuanto al reconocimiento, Eugenia, es induda-
blemente el más débil de todos los lazos. ¿Acaso nos hacen favores los hombres por no-
sotros mismos? No lo creamos, querida: lo hacen por ostentación, por orgullo. ¿No es
humillante, desde ese momento, convertirse así en el juguete del amor propio de los de-
más? ¿No lo es más todavía tener que estar agradecido por ello? Nada cuesta tanto como
un beneficio recibido. Nada de términos medios: o lo devolvemos o nos envilece. Las al-
mas orgullosas soportan mal el peso del beneficio: pesa sobre ellas con tanta violencia
que el único sentimiento que exhalan es el de odio por el bienhechor. ¿Cuáles son ahora,
en vuestra opinión, los lazos que sustituyen el aislamiento en que nos ha creado la natura-
leza? ¿Cuáles son aquéllos que deben establecer relaciones entre los hombres? ¿A titulo
de qué habríamos de amarlos, de quererlos, de preferirlos a nosotros mismos? ¿Con qué
derecho consolaríamos su infortunio? ¿Dónde estará ahora en nuestras almas la cuna de
vuestras bellas e inútiles virtudes de beneficencia, de humanidad, de caridad, indicadas en
el código absurdo de algunas religiones imbéciles, que, predicadas por impostores o por
mendigos, debieron necesariamente aconsejar aquello que podía apoyarlas o tolerarlas?
Pues bien, Eugenia, ¿admitís aún algo sagrado entre los hombres? ¿Concebís alguna ra-
zón que nos haga preferirlos a ellos en vez de a nosotros?
EUGENIA: Esas lecciones, a las que mi corazón ayuda, me halagan demasiado para
que mi espíritu las rechace.
SRA. DE SAINT-ANGE: Están en la naturaleza, Eugenia: basta para demostrarlo la
aprobación que les das; apenas brotado de su seno, ¿cómo podría ser lo que sientes fruto
de la corrupción?
EUGENIA: Pero si todos los errores que preconizáis están en la naturaleza, ¿por qué se
oponen a ello las leyes?
DOLMANCÉ: Porque las leyes no están hechas para lo particular, sino para lo general,
lo cual las pone en perpetua contradicción con el interés, dado que el interés personal está
enfrentado siempre al interés general. Mas las leyes, buenas para la sociedad, son muy
malas para el individuo que la compone; porque para una vez que lo protegen o le ofrecen
garantías, lo molestan y lo atan las tres cuartas partes de su vida; por eso el hombre sabio
y lleno de desprecio hacia ellas las tolera, como hace con las serpientes y las víboras que,
aunque hieren o envenenan, sirven sin embargo a veces en medicina; se protegerá de las
leyes como lo hará de estas bestias venenosas; se pondrá a cubierto mediante precaucio-
nes, mediante misterios, cosas fáciles para la sabiduría y la prudencia. ¡Ojalá la fantasía
de algunos crímenes inflame vuestra alma, Eugenia! ¡Pero estad bien segura de cometer-
los sin temor, con vuestra amiga y conmigo!
EUGENIA: ¡Ay, esa fantasía está ya en mi corazón!
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Qué capricho te habita, Eugenia? Dínoslo en confianza.
EUGENIA, extraviada: Quisiera una víctima.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Y de qué sexo la deseas?
EUGENIA: ¡Del mío!