Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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EUGENIA: ¡Ay, joder! ¡Me revienta!... ¡Camina despacio, gran payaso!... ¡Ay, el buja-
rrón! ¡Cómo clava!... ¡Ya ha llegado, el jodido!... ¡Ya ha llegado al fondo!... ¡Me mue-
ro!... ¡Oh, Dolmancé, cómo golpeáis!... Es encenderme por dos partes; me ponéis al rojo
las nalgas.
DOLMANCÉ, azotando con toda su fuerza: ¡Lo tendrás..., lo tendrás, pequeña bribo-
na!... ¡Así te correrás más deliciosamente! ¡Cómo la masturbáis, Saint-Ange..., cómo de-
be de endulzar ese ligero dedo los males que Agustín y yo le hacemos!... Pero vuestro
ano se aprieta... Ya lo veo, señora, vamos a corrernos al mismo tiempo... ¡Ay, qué divino
estar así entre el hermano y la hermana!
SRA. DE SAINT-ANDE, a Dolmancé: ¡Jode, sol mío, jode!... Creo que nunca tuve
tanto placer.
EL CABALLERO: Dolmancé, cambiemos de mano; pasa rápidamente del culo de mi
hermana al de Eugenia, para hacerle conocer los placeres de estar entre dos, y yo encularé
a mi hermana que, mientras tanto, devolverá sobre tus nalgas los golpes de verga con que
acabas de ensangrentar las de Eugenia.
DOLMANCÉ, haciéndolo: Acepto... Mira, amigo mío, ¿puede hacerse un cambio más
rápido que éste?
EUGENIA: ¡Cómo! ¡Los dos sobre mí, santo cielo!... No sé a cuál atender; tenía bas-
tante con este ganso... ¡Ay, cuánta leche me va a costar este doble goce!... Ya corre. Sin
esta sensual eyaculación, creo que estaría ya muerta... Vaya, amiga mía, ¿me imitas? ¡Oh,
cómo jura la bribona!... Dolmancé..., córrete, córrete..., amor mío..., este rudo campesino
me inunda: me lo lanza al fondo de mis entrañas... ¡Ay, jodedores míos!, ¡cómo! ¡Los dos
a la vez, santo cielo!... Amigos míos, recibid mi leche: se une a la vuestra... Estoy anona-
dada... (La postura se rompe.) Y bien, querida, ¿estás contenta con tu alumna?... ¿Ahora
soy lo suficientemente puta?... Pero me habéis puesto en un estado..., en una agitación...
¡Oh, sí, juro que, en la embriaguez en que me encuentro, si fuera preciso llegaría a
hacerme joder en medio de las calles!...
DOLMANCÉ: ¡Qué bella está así!
EUGENIA: ¡Os detesto, me habéis rechazado!...
DOLMANCÉ: ¿Podía acaso contrariar mis dogmas?
EUGENIA: Entonces, os perdono, y debo respetar los principios que llevan a los extra-
víos. ¡Cómo no había de adoptarlos yo, que sólo quiero vivir en el crimen? Sentémonos y
charlemos un instante: no puedo más. Proseguid mi instrucción, Dolmancé, y decidme
algo que me consuele de los excesos a que me he entregado; apagad mis remordimientos;
alentadme.
SRA. DE SAINT-ANGE: Es justo; es preciso que un poco de teoría suceda a la prácti-
ca; es el medio de hacer una alumna perfecta.
DOLMANCÉ: ¡Bueno! ¿Cuál es el objeto, Eugenia, sobre el que queréis que os instru-
ya? EUGENIA: Me gustaría saber si las costumbres son verdaderamente necesarias a un
gobierno, si su influencia tiene algún peso sobre el genio de la nación.
DOLMANCÉ: ¡Ah, pardiez! Al salir de casa esta mañana, he comprado en el Palacio
de la Igualdad
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un folleto que, de creer al título, debe de responder necesariamente a
vuestra pregunta... Acaba de salir de las prensas.
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El Palais Royal; la alusión apunta a Philippe Egalité. [Nota del T]