Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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SRA. DE SAINT ANGE: Veamos. (Lee.) Franceses, un esfuerzo más si queréis ser re-
publicanos. A fe que es un título singular: promete mucho; caballero, tú que posees una
hermosa voz, léenos esto.
DOLMANCI: O mucho me equivoco o debe de responder perfectamente a la pregunta
de Eugenia. EUGENIA: ¡Desde luego!
SRA. DE SAINT-ANGE: Agustín, esto a ti no te incumbe; pero no te alejes; tocaremos
la campanilla cuando sea preciso que vengas.
EL CABALLERO: Empiezo.
FRANCESES, UNESFUERZO MÁS
SI QUERÉIS SER REPUBLICANOS
La religión
Vengo a ofrecer grandes ideas; las escucharán, serán pensadas; si no todas agradan, al
menos algunas quedarán; habré contribuido algo al progreso de las luces, y con ello que-
daré satisfecho. No lo oculto, veo con pena la lentitud con que tratamos de llegar a la me-
ta; con inquietud siento que estamos en vísperas de no alcanzarla una vez más. ¿Cree al-
guien que esa meta se alcanza cuando nos hayan dado leyes? Que nadie lo crea. ¿Qué
haríamos con las leyes, sin religión? Necesitamos un culto, y un culto hecho para el ca-
rácter de un republicano, muy alejado de poder continuar el de Roma. En un siglo en que
estamos tan convencidos de que la religión debe apoyarse en la moral, y no la moral en la
religión, se necesita una religión que vaya con las costumbres, que sea algo así como su
desarrollo, como su necesaria secuela, y qué, elevando el alma, pueda mantenerla perpe-
tuamente a la altura de esa libertad preciosa que constituye hoy día su único ídolo. Ahora
bien, yo pregunto si puede suponerse que la de un esclavo de Tito, la de un vil histrión
de Judea, puede convenir a una nación libre y guerrera que acaba de regenerarse. No,
compatriotas míos, no, no lo creáis. Si, por desgracia para él, el francés volviera a se-
pultarse en las tinieblas del cristianismo, por un lado el orgullo, la tiranía y el despotis-
mo de los sacerdotes, vicios que siempre renacen en esa horda impura; por otro la baje-
za, la estrechez de miras, la insulsez de los dogmas y de los misterios de esa indigna y
fabulosa religión, debilitando la altivez del alma republicana, la pondrían pronto bajo el
yugo que su energía acaba de romper.
No perdamos de vista que esta pueril religión era una de sus mejores armas en manos
de nuestros tiranos: uno de sus primeros dogmas era dar al César lo que es del César,-
pero nosotros hemos destronado a César y no queremos darle nada. Franceses, sería va-
no jactarse de que el espíritu de un clero que ha jurado la constitución no es el de un
clero refractario; siempre hay vicios de estado que nunca pueden corregirse. Antes de
diez años
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, en medio de la religión cristiana, de su superstición, de sus prejuicios,
vuestros sacerdotes, pese a su juramento, pese a su pobreza, volverían a poseer el impe-
rio de las almas que habían invadido; volverían a encadenaros a los reyes, porque el po-
der de éstos siempre apuntaló el de aquéllos, y vuestro edificio republicano, falto de
bases, se derrumbaría.
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No tardaría tanto: El Concordato en 1801, y el Imperio en 1804. [Nota del T.]