Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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Oh, vosotros que tenéis la hoz en la mano, propinad el último golpe al árbol de la su-
perstición: no os contentéis con podar las ramas: desarraigad por entero una planta cu-
yos efectos son tan contagiosos; debéis estar totalmente convencidos de que vuestro
sistema de libertad y de igualdad contraría demasiado abiertamente a los ministros de
los altares de Cristo para que haya alguna vez uno solo que la adopte de buena fe o no
busque con moverlo si consigue recuperar algún dominio sobre las conciencias. ¡Qué
sacerdote, comparando el estado a que acaban de reducirle con el que antes gozaba, no
ha de hacer cuanto de él dependa para recuperar no sólo la confianza, sino también la
autoridad que le han hecho perder? ¿Y cuántos seres débiles y pusilánimes no se volve-
rán pronto esclavos de este ambicioso tonsurado? ¿Por qué no se piensa que los in-
convenientes que han existido pueden renacer aún? En la infancia de la Iglesia cristia-
na, Vieran los sacerdotes lo que son hoy? Ya veis adónde habían llegado; sin embargo,
quién los había conducido allí? ¿No fueron los medios que les proporcionaba la re-
ligión? Ahora bien, si no la prohibís completamente, a esa religión y a quienes la predi-
can, contando siempre con los mismos medios llegarán pronto al mismo fin.
Aniquilad, pues, para siempre todo lo que un día puede destruir vuestra obra. Pensad
que estando el fruto de vuestros trabajos reservado sólo a vuestros nietos, es deber
vuestro, probidad vuestra, no dejar ni uno de estos gérmenes peligrosos que podrían
volverles a sumir en el caos de que con tanto esfuerzo hemos salido. Ya se disipan
nuestros prejuicios, ya el pueblo abjura los absurdos católicos; ha suprimido los tem-
plos, ha derribado los ídolos, está decidido a que el matrimonio sea sólo un acto civil;
los confesionarios rotos sirven en los fogones públicos; los pretendidos fieles, al deser-
tar del banquete católico, dejan los dioses de harina a los ratones. Franceses, no os de-
tengáis: Europa entera, con una mano puesta en la venda que fascina sus ojos, espera de
vosotros el esfuerzo que debe arrancarla de su frente. Daos prisa: no deis a la santa
Roma, que se agita en todas direcciones para reprimir vuestra energía, el tiempo de con-
servar quizás algunos prosélitos. Golpead sin miramientos su cabeza altiva y tembloro-
sa, y que antes de dos meses el árbol de la libertad, dando sombra a los despojos de la
cátedra de san Pedro, cubra con el peso de sus ramas victoriosas todos estos desprecia-
bles ídolos del cristianismo, descaradamente alzados sobre las cenizas tanto de los Ca-
tones como de los Brutos.
Franceses, os lo repito, Europa espera de vosotros verse libre a un tiempo del cetro y
del incensario. Pensad que es imposible librarla de la tiranía monárquica sin romper al
mismo tiempo los frenos de la superstición religiosa: los lazos de la una están demasia-
do íntimamente ligados a la otra para que, si dejáis subsistir una de las dos, no volváis a
caer pronto bajo el imperio de lo que habríais descuidado disolver. No es ni ante las ro-
dillas de un ser imaginario ni ante las de un vil impostor ante lo que un republicano de-
be arrodillarse; sus únicos dioses deben ser ahora el valor y la libertad. Roma desapare-
ció cuando se predicó el cristianismo, y Francia está perdida si en ella se lo venera to-
davía.
Examinad con atención los dogmas absurdos, los misterios espantosos, las ceremonias
monstruosas, la moral imposible de esa repugnante religión, y ved si puede convenir a
una república. ¿Creéis de buena fe que me iba a dejar yo dominar por la opinión de un
hombre al que acabo de ver a los pies del imbécil sacerdote de Jesús? ¡No, desde luego
que no! Ese hombre, siempre vil, tenderá siempre, por su bajeza de miras, a las atroci-
dades del antiguo régimen; desde el momento en que ha podido someterse a las estupi-