Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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deces de una religión tan insulsa como teníamos la locura de admitir, ya no puede ni
dictarme leyes ni transmitirme luces; no le veo más que como un esclavo de los prejui-
cios y de la superstición.
Pongamos los ojos, para convencernos de esta verdad, sobre los pocos individuos que
permanecen adictos a ese culto insensato de nuestros padres; veremos entonces si no
son todos enemigos irreconciliables del sistema actual, veremos si no es en su número
donde está totalmente comprendida esa casta, tan justamente despreciada, de realistas y
de aristócratas. Que el esclavo de un bergante coronado se arrodille, si quiere, a los
pies de un ídolo de pasta: ese objeto está hecho para su alma de barro; ¡quien puede
servir a reyes debe adorar a dioses! Pero nosotros, franceses, nosotros, compatriotas
míos, nosotros, ¿arrastrarnos todavía humildemente bajo frenos tan despreciables? ¡An-
tes morir mil veces que ser esclavos de nuevo! Puesto que creemos necesario un culto,
imitemos el de los romanos: las acciones, las pasiones, los héroes, esos sí que eran ob-
jetos respetables. Tales ídolos sublimaban el alma, la electrizaban; hacían más: le co-
municaban las virtudes del ser respetado. El adorador de Minerva quería ser prudente.
El valor estaba en el corazón de aquél al que se veía a los pies de Marte. Ni un solo dios
de estos grandes hombres estaba privado de energía; todos transmitían el fuego en que
ellos mismos se abrasaban al alma de quien los veneraba; y como tenían la esperanza de
ser adorados también ellos un día, aspiraban a volverse al menos tan grandes como
aquellos a los que tomaban por modelo. ¿Qué encontramos en cambio en los vanos dio-
ses del cristianismo? ¿Qué os ofrece, pregunto, esa imbécil religión
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? El insulso im-
postor de Nazaret
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¿provoca en vosotros el nacimiento de alguna gran idea? Su sucia y
repugnante madre, la impúdica María, ¿os inspira algunas virtudes? ¿Y encontráis en
los santos con que han adornado su Elíseo algún modelo de grandeza, o de heroísmo, o
de virtudes? Es tan cierto que esa estúpida religión no presta nada a las grandes ideas,
que ningún artista puede emplear sus atributos en los monumentos que alza; en Roma
mismo, la mayoría de los adornos y ornamentos del palacio de los papas tiene sus mo-
delos en el paganismo, y, mientras el mundo subsista, sólo él encenderá el verbo de los
grandes hombres.
¿Será en el teísmo
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puro donde encontraremos más motivos de grandeza y de eleva-
ción? ¿Será en la adopción de una quimera que, dando a nuestra alma ese grado de
energía esencial a las virtudes republicanas, llevará al hombre a amarlas o a practi-
carlas? Ni lo soñéis; estamos de vuelta de ese fantasma, y ahora el ateísmo es el único
sistema de todas las personas que saben razonar. A medida que las luces ilustran se ha
comprendido que, por ser inherente el movimiento a la materia, el agente necesario para
imprimir ese movimiento se convertía en un ser ilusorio y que, por tener que estar todo
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Si alguien examina atentamente esta religión, encontrará que las impiedades de que está llena proce-
den en parte de la ferocidad y de la inocencia de los judíos, y en parte de la indiferencia y de la confusión
de los gentiles; en lugar de asumir lo que los pueblos de la Antigüedad tenían de bueno, los cristianos pare-
cen haber hecho su religión con la mezcla de los vicios que encontraron por todas partes.
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Quizá Sade piensa en un texto anónimo titulado Traité des trois Imposteurs, referido a Moisés, Jesús
y Mahoma, que se había publicado en 1768. [Nota del T.]
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Sade no parece hacer distinción entre teísmo y deísmo: el primero admite la posibilidad de Revela-
ción. [Nota del T]