Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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cuanto existe en movimiento por esencia, el motor era inútil; se ha comprendido que
ese dios quimérico, prudentemente inventado por los primeros legisladores, no era entre
sus manos sino otro medio más para encadenarnos y que, reservándose el derecho de
hacer hablar sólo ellos a ese fantasma, podían muy bien hacerle decir sólo aquello que
apoyaba las leyes ridículas con que pretendían esclavizarnos. Licurgo, Numa, Moisés,
Jesucristo, Mahoma, todos esos grandes bribones, todos esos grandes déspotas de nues-
tras ideas, supieron asociar las divinidades que fabricaban a su desmesurada ambición,
y seguros de cautivar a los pueblos con la sanción de tales dioses, tuvieron -cuidado
siempre, como se sabe, de interrogarlos sólo a propósito, o de hacerles responder úni-
camente aquello que creían que podía servirles.
Despreciemos por tanto hoy día tanto el vano dios que los impostores han predicado
como todas las sutilezas religiosas que se desprenden de su ridícula adopción; no es con
ese sonajero como se puede divertir ya a hombres libres. Que la extinción total de los
cultos figure, por lo tanto, en los principios que propaguemos a toda Europa. No nos
contentemos con romper los cetros, pulvericemos por siempre los ídolos: no hubo nun-
ca más que un paso de la superstición a la realeza
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. Indudablemente hubo de ser así,
puesto que uno de los primeros artículos de la consagración de los reyes era siempre el
mantenimiento de la religión dominante como una de las bases políticas que mejor de-
bían sostener su trono. Pero, desde el momento en que ese trono ha sido abatido, desde
que lo ha sido felizmente para siempre, no temamos extirpar de igual modo lo que cons-
tituía su sostén.
Sí, ciudadanos, la religión es incoherente con el sistema de la libertad; lo habéis nota-
do. El hombre libre jamás se inclinará ante los dioses del cristianismo; jamás sus dog-
mas, jamás sus ritos, sus misterios o su moral convendrán a un republicano. Un esfuer-
zo más; puesto que trabajáis por destruir todos los prejuicios, no dejéis subsistir ningu-
no, porque basta uno sólo para volver a traerlos todos. ¡Y cuánto más seguros no debe-
mos estar de su retorno si el que dejáis vivir es positivamente la cuna de todos los de-
más! Basta de creer que la religión pueda ser útil al hombre. Tengamos buenas leyes, y
podremos prescindir de la religión. Pero se necesita una para el pueblo, dicen; lo divier-
te, lo contiene. ¡En buena hora! Dadnos pues, en ese caso, la que conviene a los hom-
bres libres. Devolvednos los dioses del paganismo. De buena gana adoraremos a Júpi-
ter, a Hércules o a Palas; pero ya no queremos al fabuloso autor de un universo que se
mueve por sí mismo; no queremos ya a un dios sin extensión y que, sin embargo, llena
todo con su inmensidad, un dios todopoderoso que no cumple nunca lo que desea, un
ser soberanamente bueno que no hace más que descontentos, un ser amigo del orden y
por cuyo gobierno todo está en desorden. No, no queremos ya un dios que perturba la
naturaleza, que es el padre de la confusión, que mueve al hombre en el momento en que
el hombre se entrega a los horrores; tal dios nos hace estremecernos de indignación, y
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Seguid la historia de todos los pueblos: nunca los veréis cambiar el gobierno que tenían por un gobier-
no monárquico, a no ser por el embrutecimiento en que la superstición los mantiene; siempre veréis a los
reyes apuntalar la religión, y a la religión consagrar a los reyes. Es de sobra conocida la historia del inten-
dente y del cocinero: Pasadme la pimienta, y yo os pasaré la mantequilla. ¡Infortunados humanos!, ¿estáis
destinados para siempre a pareceros al amo de esos dos bribones?