Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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lo relegamos por siempre al olvido, del que el infame Robespierre
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ha querido sacar-
lo
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.
Franceses; sustituyamos ese indigno fantasma por los imponentes simulacros que
hacían a Roma dueña del universo; tratemos a todos los ídolos cristianos como hemos
tratados a los de nuestros reyes. Hemos vuelto a poner los emblemas de la libertad so-
bre las bases que sostenían antaño a los tiranos; reedifiquemos igualmente la efigie de
los grandes hombres sobre los pedestales de esos polizontes adorados por el cristianis-
mo
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. Dejemos de temer el efecto del ateísmo en nuestros campos; ¿no han sentido los
campesinos necesidad del aniquilamiento del culto católico, tan contradictorio con los
verdaderos principios de la libertad? ¿No han visto sin temor, y sin dolor, derrocar sus
altares y sus presbiterios? ¡Ah! Creed que del mismo modo renunciarán a su ridículo
dios. Las estatuas de Marte, de Minerva y de la Libertad serán colocadas en los lugares
más ostentosos de sus casas; allí celebrarán una fiesta todos los años; se otorgará la co-
rona cívica al ciudadano que más lo haya merecido de la patria. A la entrada de un bos-
que solitario, Venus, el Himeneo y el Amor, levantados bajo un templo agreste, recibi-
rán el homenaje de los amantes; será allí donde, por la mano de las Gracias, la belleza
coronará a la constancia. No bastará con amar para ser digno de esta corona, será preci-
so haber merecido serlo: el heroísmo, los talentos, la humanidad, la grandeza de alma,
un civismo a toda prueba, éstos son los títulos que se verá obligado a poner el amante a
los pies de su amada, y valdrán más que los del nacimiento y de la riqueza que un tonto
orgullo exigía antaño. Por lo menos, de ese culto saldrán algunas virtudes, mientras que
del que hemos tenido sólo nace la debilidad de profesar crímenes. Este culto se aliará
con la libertad a que servimos; la animará, la mantendrá, la encenderá, mientras que el
teísmo es por esencia y por naturaleza el enemigo más mortal de la libertad a que noso-
tros servimos. ¿Costó una gota de sangre cuando los ídolos paganos fueron destruidos
en el Bajo Imperio? La revolución, preparada por la estupidez de un pueblo es-
clavizado, se realizó sin el menor obstáculo. ¿Cómo podemos temer que la obra de la
filosofía sea más penosa que la del despotismo? Son únicamente los sacerdotes los que
todavía encadenan a los pies de su quimérico dios a este pueblo que tanto teméis ilumi-
nar; alejadlos de él y el velo caerá naturalmente. Creed que ese pueblo, mucho más sa-
bio de lo que imagináis, liberado de los hierros de la tiranía, lo estará muy pronto de los
de la superstición. Vosotros lo teméis si no tiene ese freno: ¡qué extravagancia! ¡Ah!
¡Creedlo, ciudadanos, aquel a quien la espada material de las leyes no detiene tampoco
se detendrá por el temor moral de los suplicios del infierno, de los que se burla desde su
infancia. En una palabra, vuestro teísmo ha hecho cometer muchas fechorías, pero ja-
más ha evitado una sola. Si es cierto que las pasiones ciegan, que su efecto es tender
ante nuestros ojos una nube que nos oculte los peligros de que están rodeadas, ¿cómo
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Robespierre fue guillotinado el 10 Termidor de 1794, precisamente el mismo día en que Sade salió de
la cárcel. [Nota del T.]
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Todas las religiones coinciden en ponderarnos la sabiduría y el poder íntimo de la divinidad; pero
cuando nos exponen su conducta no encontramos más que imprudencia, debilidad y locura. Dios, dicen, ha
creado el mundo para sí mismo, y hasta ahora no ha podido conseguir que se le honre convenientemente;
Dios nos ha creado para adorarle, y pasamos nuestra vida burlándonos de él. ¡Qué pobre diablo ese dios!
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Aquí sólo tratamos de aquellos cuya reputación se halla establecida hace mucho tiempo.