Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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podemos suponer que los que están lejos de nosotros, como lo están los castigos anun-
ciados por vuestro dios, puedan llegar a disipar esa nube que no disuelve siquiera la es-
pada de las leyes, siempre suspendida sobre las pasiones? Por tanto, si está demostrado
que este suplemento de frenos impuesto por la idea de un dios se vuelve inútil, si está
probado que es peligroso por sus demás efectos, pregunto: ¿para qué puede, pues, ser-
vir, y en qué motivos hemos dé apoyarnos para prolongar su existencia? ¿Se me dirá
que no estamos bastante maduros para consolidar aún nuestra revolución de una manera
tan manifiesta? ¡Ah, conciudadanos míos, el camino que hemos recorrido desde el 89
era de otro tipo de dificultades que el que nos queda por recorrer, y hemos de trabajar
sobre la opinión, para lo que os propongo, mucho menos de lo que la hemos atormenta-
do en todos los sentidos desde la época de la caída de la Bastilla. Creemos que un pue-
blo lo bastante prudente, lo bastante valiente para conducir a un monarca impúdico des-
de la cima de las grandezas a los pies del cadalso; que un pueblo que en estos pocos
años ha sabido vencer tantos prejuicios, que ha sabido romper tantos frenos ridículos, lo
será de sobra para inmolar, para bien y prosperidad de la república, un fantasma mucho
más ilusorio de lo que podía serlo el de un rey.
Franceses, vosotros daréis los primeros golpes; vuestra educación nacional
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hará el
resto; pero pongámonos pronto a la tarea; que se convierta en uno de vuestros cuidados
prioritarios; que tenga ante todo por base esa moral esencial, tan descuida da en la edu-
cación religiosa. Reemplazad las tonterías deíficas, con que fatigáis los jóvenes órganos
de vuestros hijos, por excelentes principios sociales; que en lugar de aprender a recitar
fútiles plegarias que tendrán a gloria olvidar cuando tengan dieciséis años, sean instrui-
dos en sus deberes para con la sociedad; enseñadles a amar las virtudes de que apenas
les hablabais antaño y que, sin vuestras fábulas religiosas, bastan para su felicidad indi-
vidual; hacedles sentir que esa felicidad consiste en hacer a los demás tan afortunados
como nosotros mismos deseamos serlo. Si colocáis esas verdades sobre las quimeras
cristianas, como antaño cometíais la locura de hacerlo, apenas hayan reconocido vues-
tros alumnos la futilidad de las bases, harán derrumbarse el edificio y se convertirán en
malvados sólo porque creerán que la religión que han derribado les prohibía serlo.
Haciéndoles sentir en cambio la necesidad de la virtud únicamente porque su propia
felicidad depende de ella, serán personas honestas por egoísmo, y esta ley que rige a
todos los hombres será siempre la más segura de todas. Evítese, por tanto, con el mayor
cuidado, mezclar ninguna fábula religiosa a esta educación nacional. No perdamos nun-
ca de vista que son hombres libres lo que queremos formar y no viles adoradores de un
dios. Que un filósofo sencillo enseñe a estos nuevos alumnos las sublimidades incom-
prensibles de la naturaleza, que les pruebe que el conocimiento de un dios, muy peli-
groso a menudo para los hombres, jamás sirve a su felicidad, y que no serán más felices
admitiendo como causa de lo que no comprenden algo que comprenden aún menos; que
es mucho menos esencial entender la naturaleza que gozar de ella y respetar sus leyes;
que estas leyes son tan sabias como simples; que están escritas en el corazón de todos
los hombres y que basta con preguntar a ese corazón para discernir sus impulsos. Si
quieren que por encima de todo les habléis de un creador, responded que, habiendo sido
siempre las cosas lo que son, no habiendo tenido comienzo jamás y no debiendo tener
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La fundación de la École Normale es contemporánea de la redacción del libro por Sade (1795). [Nota
del T.]