Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
74
nunca fin, le resulta tan inútil como imposible al hombre poder remontarse a un origen
imaginario que no explicaría nada y que nada cambiaría. Decidles que es imposible pa-
ra los hombres tener ideas verdaderas de un ser que no actúa sobre ninguno de nuestros
sentidos.
Todas nuestras ideas son representaciones de objetos que nos llaman la atención;
¿cuál puede representarnos la idea de Dios, que evidentemente es una idea sin objeto?
Una idea semejante, añadiréis, ¿no es tan imposible como los efectos sin causa? Una
idea sin prototipo ¿es algo más que una quimera? Algunos doctores, proseguiréis, ase-
guran que la idea de Dios es innata, y que los hombres tienen esa idea desde el vientre
de su madre. Pero esto es falso, añadiréis; todo principio es un juicio, todo juicio es el
efecto de la experiencia, y la experiencia sólo se adquiere mediante el ejercicio de los
sentidos; de donde se sigue que los principios religiosos no se refieren evidentemente a
nada y no son en modo alguno innatos. ¿Cómo, proseguiréis, ha podido persuadirse a
seres razonables de que la cosa más difícil de comprender era la más esencial para
ellos? Es que les han asustado mucho; es que, cuando se tiene miedo, se cesa de razo-
nar; es que, sobre todo, les han recomendado desconfiar de su razón, y, cuando el cere-
bro está turbado, se cree todo y no se analiza nada. La ignorancia y el miedo, seguiréis
diciéndoles, he ahí las dos bases de todas las religiones. La incertidumbre en que el
hombre se encuentra en relación a su Dios es precisamente el motivo que lo vincula a
su religión. El hombre tiene miedo, tanto fisico como moral, en las tinieblas; el miedo
se vuelve habitual en él y se convierte en necesidad; creería que le falta algo si no tu-
viera nada que esperar o que temer
36
.
Volved luego a la utilidad de la moral: dadles so-
bre ese gran tema muchos más ejemplos que lecciones, muchas más pruebas que libros,
y haréis buenos ciudadanos; haréis buenos guerreros, buenos padres, buenos esposos;
haréis hombres tan unidos a la libertad de su país que ninguna idea de servidumbre po-
drá presentarse ya a su espíritu, que ningún terror religioso vendrá a turbar su genio.
Entonces el verdadero patriotismo estallará en todas las almas; reinará con toda su fuer-
za y con toda su pureza, porque se convertirá en el único sentimiento dominante, y nin-
guna idea extraña debilitará su energía; entonces, vuestra segunda generación está segu-
ra y vuestra obra, consolidada por ella, se convertirá en ley del universo. Pero si, por
temor o pusilanimidad, no son seguidos estos consejos, si se deja subsistir las bases del
edificio que se había creído destruir, ¿qué ocurrirá? Se volverá a construir sobre esas
bases, y se colocarán en ellas los mismos colosos, con la cruel diferencia de que esta
vez serán cimentadas con tal fuerza que ni vuestra generación ni las que la sigan logra-
rán derribarlas.
Que nadie dude de que las religiones son la cuna del despotismo; el primero de todos
los déspotas fue un sacerdote; el primer rey y el primer emperador de Roma, Numa y
Augusto, se asocian uno y otro al sacerdocio; Constantino y Clodoveo fueron antes
abades que soberanos; Heliogábalo fue sacerdote del Sol. Desde todos los tiempos, en
todos los siglos, hubo entre el despotismo y la religión tal conexión que está demostra-
do de sobra que, al destruir al uno, se debe zapar al otro, por la sencilla razón de que el
primero servirá siempre de ley al segundo. No propongo, sin embargo, ni matanzas ni
deportaciones: todos estos horrores están demasiado lejos de mi alma para osar conce-
birlos un minuto siquiera. No, no asesinéis, no desterréis: esas atrocidades son propias
36
La crítica ha descubierto en estos pasajes detalles textuales de las ideas de Holbach. [Nota del T]