Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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de los reyes o de los malvados que los imitaron; no será obrando igual que ellos como
obligaréis a sentir horror por quienes las ejercían. Sólo hemos de emplear la fuerza co-
ntra los ídolos; basta con ridiculizar a quienes los sirven; los sarcasmos de Juliano per-
judicaron más a la religión cristiana que todos los suplicios de Nerón. Sí, destruyamos
para siempre toda idea de Dios y hagamos soldados de sus sacerdotes; algunos lo son
ya; que se vinculen a este oficio tan noble para un republicano, pero que no vuelvan a
hablar ni de su ser quimérico ni de su religión fabuladora, único objeto de nuestros des-
precios. Condenemos a ser escarnecido, ridiculizado, cubierto de barro en todas las en-
crucijadas de las mayores ciudades de Francia, al primero de esos benditos charlatanes
que venga a hablarnos todavía de Dios o de religión; una prisión perpetua será la pena
que caiga sobre quien incurra dos veces en las mismas faltas. Que las blasfemias más
insultantes, las obras más ateas sean autorizadas plenamente en seguida, a fin de acabar
de extirpar en el corazón y en la memoria de los hombres esos terribles juguetes de
nuestra infancia; que se saque a concurso la obra más capaz de iluminar por fin a los
europeos en materia tan importante, y que un premio considerable, discernido por la
nación, sea recompensa de quien, habiendo dicho todo, habiendo demostrado todo so-
bre esta materia, deje a sus compatriotas una guadaña para derribar todos esos fantas-
mas y un corazón recto para odiarlos. En seis meses todo habrá acabado: vuestro infa-
me Dios será nada; y esto sin dejar de ser justo o celoso de la estima de los demás, sin
cesar de temer la espada de las leyes, sin dejar de ser honesto, porque se habrá com-
prendido que el verdadero amigo de la patria no debe ser arrastrado por quimeras, como
el esclavo de los reyes; que no es, en una palabra, ni la esperanza frívola de un mundo
mejor, ni el temor a males mayores que los que nos envía la naturaleza, lo que debe
conducir a un republicano, cuya única guía es la virtud, como el remordimiento su úni-
co freno.
Las costumbres
Tras haber demostrado que el teísmo no conviene en modo alguno a un gobierno re-
publicano, me parece necesario probar que a las costumbres francesas tampoco les con-
viene más. Este artículo es esencial, sobre todo porque son las costumbres las que van a
servir de motivos a las leyes que han de promulgarse.
Franceses, sois demasiado ilustrados para no datos cuenta de que un gobierno nuevo
va a necesitar costumbres nuevas; es imposible que el ciudadano de un Estado libre se
comporte como el esclavo de un rey déspota; las diferencias de sus intereses, de sus de-
beres, de sus relaciones entre sí, determinan de un modo absolutamente distinto su
comportamiento en el mundo; una multitud de pequeños errores, de pequeños delitos
sociales, considerados muy esenciales bajo el gobierno de los reyes, que debían exigir
tanto más cuanto que necesitaban imponer frenos para hacerse respetables o inaborda-
bles a sus súbditos, van a anularse aquí; otras fechorías, conocidas bajo los nombres de
regicidio o de sacrilegio, bajo un gobierno que no conoce ya ni reyes ni religiones de-
ben desaparecer asimismo en un Estado republicano. Tras conceder la libertad de con-
ciencia y la de prensa, pensad, ciudadanos, que con un poco más ha de concederse la de
acción, y que salvo aquello que choca directamente a las bases del gobierno, os quedan
muchos menos crímenes que poder castigar, porque en la práctica hay muy pocas ac-
ciones criminales en una sociedad cuyas bases se fundan en la libertad y la igualdad;