Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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pesando y examinando bien las cosas, sólo es verdaderamente criminal aquello que la
ley reprueba; porque, al dictarnos la naturaleza tantos vicios como virtudes en razón de
nuestra organización, o más filosóficamente aun, en razón de la necesidad que tiene de
unos y de otras, cuanto ella nos inspira se convertiría en medida muy insegura para re-
gular con precisión lo que está bien o lo que está mal. Pero para desarrollar mejor mis
ideas sobre un tema tan esencial, vamos a clasificar las diferentes acciones de la vida
del hombre que hasta ahora se ha convenido denominar criminales, y luego las medire-
mos con los verdaderos deberes de un republicano.
Desde tiempos inmemoriales los deberes del hombre han sido considerados bajo las
tres relaciones distintas siguientes:
1. Aquellos que su conciencia y su credulidad le imponen para con el Ser Supremo.
2. Aquellos que está obligado a cumplir con sus hermanos.
3. Por último, aquellos que sólo tienen relación con él.
La certeza en que debemos estar de que ningún dios ha tenido nada que ver con noso-
tros y de que, criaturas necesitadas de la naturaleza como las plantas y los animales,
estamos aquí porque era imposible que dejáramos de estar, esa certeza aniquila de un
solo golpe, como puede verse, la primera parte de estos deberes, es decir de aquellos
por los que nos creemos falsamente responsables para con la divinidad, todos ellos co-
nocidos bajo los nombres vagos e indefinidos de impiedad, sacrilegio, blasfemia, ateís-
mo, etc., todos aquellos, en una palabra, que Atenas castigó tan injustamente en Alci-
bíades y Francia en el infortunado La Barre
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. Si hay algo extravagante en el mundo es
ver a los hombres, que no conocen a su dios y lo que ese dios pueda exigir más que se-
gún sus limitadas ideas, querer, sin embargo, decidir sobre la naturaleza de lo que con-
tenta o desagrada a ese ridículo fantasma de su imaginación. Por eso no me limitaría a
permitir con indiferencia todos los cultos; desearía que fuéramos libre de reírnos o bur-
larnos de todos; que los hombres, reunidos en un templo cualquiera para invocar al
Eterno según su gusto, fuesen vistos como comediantes en una escena, de cuya repre-
sentación cada cual puede ir a reírse. Si no veis las religiones desde este enfoque, pron-
to adquirirán la seriedad que las vuelve importantes, protegerán pronto las opiniones, y
en cuanto vuelva a discutirse sobre las religiones, volverán a pelearse por las religio-
nes
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; la igualdad, aniquilada por la preferencia o la protección otorgada a una de ellas,
desaparecerá pronto del gobierno, y de la teocracia reedificada nacerá pronto la aristo-
cracia. Por eso nunca podrá repetirse demasiado: nada de dioses, franceses, nada de
dioses, si no queréis que su funesto imperio nos vuelva a sumir pronto en todos los
horrores del despotismo; pero sólo burlándoos de ellos los destruiréis; todos los peli-
gros que conllevan renacerán al punto en tropel si ponéis en ello capricho o importan-
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Fue ajusticiado en 1766, y su memoria, defendida por Voltaire ese mismo año, logró ser rehabilitada
por la Convención. [Nota del T.]
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Cada pueblo pretende que su religión es la mejor, y se apoya, para convencernos, en una infinidad de
pruebas no sólo discordantes entre sí, sino casi todas contradictorias. En la profunda ignorancia en que es-
tamos, ¿cuál de ellas puede agradar a un Dios, suponiendo que haya un Dios? Si somos sabios, debemos
proteger a todas igualmente, o prohibirlas a todas por igual; ahora bien, lo más seguro es indudablemente
proscribirlas, puesto que tenemos la certeza moral de que todas son supercherías: por eso ninguna puede
agradar más que las otras a un dios que no existe.