Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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cia. No derribéis su ídolos con cólera; pulverizadlos jugando, y la opinión caerá por sí
misma.
Creo que basta esto para demostrar sobradamente que no debe promulgarse ninguna
ley contra los delitos religiosos, porque, quien ofende una quimera, nada ofende, y sería
la última inconsecuencia castigar a quienes ultrajan o desprecian un culto cuya priori-
dad sobre los demás nada demuestra con evidencia; sería necesariamente adoptar un
partido e influir, desde entonces, sobre la balanza de la igualdad, primera ley de vuestro
nuevo gobierno.
Pasemos a los segundos deberes del hombre, a los que lo vinculan a sus semejantes;
esta clase es, indudablemente, la más extensa.
La moral cristiana, demasiado vaga en las relaciones del hombre con sus semejantes,
sienta bases tan llenas de sofismas que resulta imposible admitirlas, porque cuando se
quiere edificar principios hay que guardarse mucho de darles sofismas por base. Esa
absurda moral nos dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Nada
sería probablemente más sublime si fuera posible que lo falso pudiese llevar alguna vez
los caracteres de la belleza. No se trata de amar a los semejantes como a uno mismo,
puesto que eso va contra todas las leyes de la naturaleza y puesto que sólo su órgano
debe dirigir todas las acciones de nuestra vida; se trata únicamente de amar a nuestros
semejantes como a hermanos, como a amigos que la naturaleza nos da, y con los que
debemos vivir tanto mejor en un Estado republicano cuanto que la desaparición de las
distancias debe necesariamente estrechar los lazos.
Que la humanidad, la fraternidad, la beneficencia nos prescriban según esto nuestros
deberes recíprocos, y cumplámoslos cada uno con el sencillo grado de energía que en
este punto nos ha dado la naturaleza, sin censurar y sobre todo sin castigar a quienes,
más fríos o más atrabiliarios, no sienten en estos lazos, pese a ser tan conmovedores,
todas las dulzuras que los demás encuentran; porque hay que convenir que sería un ab-
surdo palpable querer prescribir leyes universales; este proceder sería tan ridículo como
el de un general del ejército que quisiera que todos sus soldados fueran vestidos con un
traje hecho a la misma medida; es una injusticia espantosa exigir que hombres de carac-
teres desiguales se plieguen a las leyes generales: lo que a uno le va, a otro no le va.
Convengo en que no pueden hacerse tantas leyes como hombres; pero las leyes pue-
den ser tan dulces, en tan pequeño número, que todos los hombres, del carácter que
sean, puedan fácilmente plegarse a ellas, y aun exigiría yo que ese pequeño número de
leyes sea susceptible de poder adaptarse fácilmente a todos los distintos caracteres; que
el espíritu de quien las dirija sea emplear mayor o menor severidad, en razón del indi-
viduo al que habrían de afectar. Está demostrado que la práctica de tal o cual virtud es
imposible para ciertos hombres, como hay tal o cual remedio que no puede convenir a
tal o cual temperamento. Ahora bien, ¡cuál no sería el colmo de vuestra injusticia si cas-
tigaseis con la ley a quien le resulta imposible plegarse a la ley! La iniquidad que come-
teríais ¿no será igual a aquella de la que os haríais culpable si quisierais forzar a un cie-
go a discernir los colores? De estos primeros principios se desprende, como vemos, la
necesidad de hacer leyes suaves, y, sobre todo, de acabar para siempre con la atrocidad
de la pena de muerte, porque toda ley que atente contra la vida de un hombre es imprac-
ticable, injusta, inadmisible. Y no es, como diré enseguida, que no haya infinidad de ca-
sos en que los hombres, sin ultrajar a la naturaleza (y eso es lo que demostraré), puedan
haber recibido de esta madre común la total libertad de atentar contra la vida de otros,