Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
78
sino que es imposible que la ley pueda obtener idéntico privilegio, porque la ley, fría
por sí misma, no podría acceder a las pasiones que pueden legitimar en el hombre el
acto cruel del asesinato; el hombre recibe de la naturaleza impresiones que pueden
hacer perdonar esa acción, mientras que la ley, en cambio, siempre en oposición a la
naturaleza y sin recibir nada de ella, no puede ser autorizada a permitirse los mismos
extravíos: sin tener los mismos motivos, es imposible que tenga los mismos derechos.
He ahí distinciones sabias y delicadas que escapan a muchas personas porque muy po-
cas personas reflexionan; pero serán aceptadas por personas instruidas, a quienes las di-
rijo, e influirán, como espero, sobre el nuevo Código que se nos prepara
39
.
La segunda razón por la que hay que acabar con la pena de muerte es que nunca ha
reprimido el crimen, porque se comete día tras día a los pies del cadalso. Hay que su-
primir esa pena, en resumen, porque no hay peor cálculo que el de hacer morir a un
hombre por haber matado a otro; de este proceder resulta evidentemente que en lugar de
un hombre menos, tenemos dos menos de golpe, y que esa aritmética sólo puede ser
familiar a los verdugos o a los imbéciles.
Sea, en fin, como fuere, las fechorías que podemos cometer contra nuestros hermanos
se reducen a cuatro principales: la calumnia, el robo, aquellos delitos que, causados por
la impureza, pueden afectar desagradablemente a los demás, y el asesinato. Todas estas
acciones, consideradas capitales en un gobierno monárquico, son tan graves en un Esta-
do republicano? Esto es lo que debemos analizar a la luz de la filosofia, porque sólo a
su única luz debe emprenderse un examen semejante. Que no se me tache de innovador
peligroso; que no se diga que hay riesgo en embotar, como quizá hagan estos escritos,
el remordimiento en el alma de los malhechores; que mayor mal hay en aumentar, me-
diante la suavidad de mi moral, la inclinación que esos mismos malhechores tienen
hacia el crimen: afirmo aquí formalmente no tener ninguna de esas miras perversas; ex-
pongo ideas que desde la edad de razón se han identificado conmigo y a las que el in-
fame despotismo de los tiranos se ha opuesto durante tantos siglos. ¡Tanto peor para
aquellos a quienes estas grandes ideas corrompan, tanto peor para quienes sólo saben
captar el mal en las opiniones filosóficas, susceptibles de corromperse con todo! ¿Quién
sabe si no se envenenarían quizá con las lecturas de Séneca y de Charron? No es a ellos
a quienes hablo; sólo me dirijo a personas capaces de entenderme, y éstas me leerán sin
peligro.
Confieso con la franqueza más extrema que nunca he creído que la calumnia fuera un
mal, y menos aun en un gobierno como el nuestro, en el que todos los hombres, más
unidos entre sí, más cercanos, tienen evidentemente mayor interés en conocerse bien.
Una de dos: o la calumnia se dirige contra un hombre verdaderamente perverso, o cae
sobre un ser virtuoso. Estaremos de acuerdo en que, en el primer caso, resulta casi indi-
ferente que se hable algo peor de un hombre conocido por practicar el mal; tal vez, in-
cluso, el mal que no existe aclare mejor entonces el que existe, y así tenemos al mal-
hechor mejor conocido.
Supongamos que reina una influjo malsano en Hannover, pero que, exponiéndome a
esa inclemencia malsana, no corro otro riesgo que coger un acceso de fiebre; ¿podré en-
fadarme con el hombre que, para impedirme ir allí, me diga que moriré nada más llegar?
Indudablemente no; porque, asustándome con un gran mal, me ha impedido sufrir uno
39
El nuevo código llamado de Napoleón se promulgaría el 21 de marzo de 1804. [Nota del T ]