Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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pequeño ¿Que la calumnia se dirige por el contrario contra un hombre virtuoso? Que no
se alarme por ello: pruébese, y todo el veneno del calumniador recaerá pronto sobre él
mismo. Para tales personas la calumnia no es más que un escrutinio depurador, del que su
virtud sólo saldrá más resplandeciente. En este caso hay incluso beneficio para la masa de
las virtudes de la república; porque este hombre virtuoso y sensible, estimulado por la
injusticia que acaba de sufrir, se aplicará a hacerlo mejor aún; querrá superar esa calum-
nia de la que se creía a salvo, y sus buenas acciones adquirirán entonces un grado más de
energía. Así, en el primer caso, el calumniador habrá producido efectos bastante buenos,
incrementando los vicios del hombre peligroso; en el segundo los habrá producido exce-
lentes, obligando a la virtud a mostrársenos por entero. Ahora bien, yo pregunto bajo qué
enfoque puede pareceros temible el calumniador, sobre todo en un gobierno en que tan
esencial es conocer a los malvados y aumentar la energía de los buenos. Guárdense mu-
cho, por tanto, de pronunciar ninguna pena contra la calumnia; considerémosla bajo la
doble perspectiva de un fanal y de un estimulante, y, en cualquier caso, como algo muy
útil. El legislador, cuyas ideas han de ser grandes como la obra a la que se aplica, nunca
debe estudiar el efecto del delito que sólo afecta individualmente: son los efectos en masa
lo que debe examinar; y cuando de este modo observe así los efectos que derivan de la
calumnia, le desafío a encontrar en ellos algo punible; desafío a que pueda poner alguna
sombra de justicia a la ley que la castigaría; al contrario, se convierte en el hombre más
justo y más íntegro si la favorece o la recompensa.
El robo es el segundo de los delitos morales cuyo examen nos hemos propuesto.
Si recorremos la Antigüedad, veremos el robo permitido, recompensado en todas las
repúblicas de Grecia; Esparta o Lacedemonia lo favorecían abiertamente; algunos otros
pueblos lo consideraron una virtud guerrera; es cierto que mantiene el valor, la fuerza, la
astucia, en una palabra, todas las virtudes útiles a un gobierno republicano y en con-
secuencia al nuestro. Ahora, sin parcialidad, me atrevería a preguntar si el robo, cuyo
efecto es igualar las riquezas, es un gran mal en un gobierno cuya meta es la igualdad.
Indudablemente, no; porque si alimenta la igualdad por un lado, por otro nos impulsa a
conservar nuestros bienes. Hubo un pueblo que castigaba no al ladrón, sino al que se
había dejado robar, a fin de que aprendiese a cuidar de sus propiedades. Lo cual nos lleva
a reflexiones más amplias.
Dios me guarde de querer atacar o destruir aquí el juramento de respeto a las propieda-
des, que la nación acaba de pronunciar
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pero ¿se me permitirán algunas ideas sobre la
injusticia de ese juramento? ¿Cuál es el espíritu de un juramento pronunciado por todos
los individuos de una nación? ¿No es el de mantener una perfecta igualdad entre los ciu-
dadanos, y el de someterlos a todos por igual a la ley protectora de las propiedades de to-
dos? Ahora bien, yo os pregunto si es muy justa la ley que ordena al que no tiene nada
respetar al que lo tiene todo. ¿Cuáles son los elementos del pacto social? ¿No consiste en
ceder un poco de su libertad y de sus propiedades para asegurar y mantener lo que se
conserva de ambas?
Todas las leyes descansan sobre estas bases; son las razones de los castigos infligidos a
quien abusa de su libertad. Autorizan asimismo las imposiciones; lo cual hace que un
ciudadano no proteste cuando se le exigen, puesto que sabe que, a cambio de lo que da, se
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Al jurar la Declaración de los derechos del hombre y de los ciudadanos. Un poco más abajo, vuelve a
haber un nuevo recuerdo de Rousseau, pero rectificado. [Nota del T.]