Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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le conserva lo que le queda; pero, repitámoslo una vez más, ¿con qué derecho quien nada
tiene se encadenará a un pacto que sólo protege a quien lo tiene todo? Si hacéis un acto
de equidad conservando, mediante vuestro juramento, las propiedades del rico, ¿no come-
téis una injusticia exigiendo este juramento del «conservador» que no tiene nada? ¿Qué
interés tiene éste en vuestro juramento? ¿Y por qué queréis que prometa una cosa que
sólo resulta favorable para quien tanto se diferencia de él por sus riquezas? No hay, con
toda seguridad, nada más injusto: un juramento debe tener el mismo efecto sobre todos
los individuos que lo pronuncian; es imposible que pueda encadenar a quien no tiene nin-
gún interés en su mantenimiento, porque entonces no sería ya el pacto de un pueblo libre;
sería el arma del fuerte sobre el débil, contra la que éste debería revolverse sin cesar; y
eso es lo que ocurre en el juramento de respeto de las propiedades que acaba de exigirse a
la nación; sólo el rico encadena con él al pobre, sólo el rico tiene interés en el juramento
que el pobre pronuncia con una falta de consideración que le impide verse extorsionado
en su buena fe por ese juramento y comprometido a hacer algo que no pueden hacer por
él.
Convencidos, como debéis estarlo, de esta bárbara desigualdad, no agravéis por tanto
vuestra injusticia castigando al que nada tiene por haber osado robar algo al que lo tiene
todo: vuestro desigual juramento le da más que nunca derecho. Forzándole al perjurio
mediante un juramento absurdo para él, legitimáis todos los crímenes a que ha de condu-
cirle ese perjurio; no os corresponde por tanto castigar aquello cuya causa habéis sido vo-
sotros. Nada más diré para haceros sentir la terrible crueldad que hay en castigar a los
ladrones. Imitad la sabia ley del pueblo de que acabo de hablar; castigad al hombre lo
bastante negligente para dejarse robar, pero no pronunciéis ninguna clase de pena contra
quien roba; pensad que vuestro juramento le autoriza a esa clase de acción y que, entre-
gándose a ella, no hace más que seguir el primero y más sabio de los impulsos de la natu-
raleza, el de conservar su propia existencia sin importarle a costa de quién.
Los delitos que debemos examinar en esta segunda clase de deberes del hombre para
con sus semejantes consisten en las acciones que puede emprender el libertinaje, entre las
cuales se distinguen particularmente como más atentatorias a lo que cada uno debe a los
otros la prostitución, el adulterio, el incesto, la violación y la sodomía. No debemos
dudar ni un solo momento de que los denominados crímenes morales, es decir, todas las
acciones de esa clase que acabamos de citar, son perfectamente indiferentes en un go-
bierno cuyo único deber consiste en conservar, por el medio que sea, la forma esencial a
su mantenimiento: ésa es la única moral de un gobierno republicano. Ahora bien, puesto
que siempre se ve acosado por los déspotas que lo rodean, no sería razonable imaginar
que sus medios de pervivencia puedan ser los medios morales; porque sólo pervivirá
por la guerra, y nada hay menos moral que la guerra. Ahora yo pregunto cómo se llega-
rá a demostrar que, en un Estado inmoral por sus obligaciones
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, sea esencial a los indi-
viduos ser morales. Digo más: es bueno que no lo sean. Los legisladores de Grecia
habían comprendido perfectamente la importante necesidad de gangrenar los miembros
para que, influyendo su disolución moral en la que es útil a la máquina, resultase de ello
la insurrección, siempre indispensable en un gobierno que, perfectamente feliz como el
gobierno republicano, debe excitar necesariamente el odio y los celos de cuanto le ro-
dea. La insurrección, pensaban esos sabios legisladores, no es en modo alguno un esta-
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El Leviatán de Hobbes. [Nota del T]