Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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do moral; debe, sin embargo, ser el estado permanente de una república; sería pues tan
absurdo como peligroso exigir que quienes han de mantener la perpetua conmoción in-
moral de la máquina, fueran seres muy morales, porque el estado moral de un hombre
es un estado de paz y tranquilidad, mientras que su estado inmorales un estado de mo-
vimiento perpetuo que le acerca a la necesaria insurrección, en la que el republicano
tiene que mantener siempre al gobierno de que es miembro.
Vayamos ahora a los detalles y comencemos por analizar el pudor, ese movimiento
pusilánime, contrario a los afectos impuros. Si estuviera en la intención de la naturaleza
que el hombre fuese púdico, probablemente no habría hecho que naciera desnudo; una
infinidad de pueblos, menos degradados que nosotros por la civilización, van desnudos
y no sienten ninguna vergüenza; no hay duda de que la costumbre de vestirse ha tenido
por única base tanto la inclemencia del aire como la coquetería de las mujeres; com-
prendieron que no tardarían en perder todos los efectos del deseo si los prevenían, en
lugar de dejarlos nacer; pensaron que, por no haberlas creado sin defectos la naturaleza,
se aseguraban mucho mejor los medios de agradar ocultando esos defectos mediante
adornos; así el pudor, lejos de ser una virtud, no fue por lo tanto más que una de las
primeras secuelas de la corrupción, uno de los primeros medios de la coquetería de las
mujeres. Licurgo y Solón, completamente conscientes de que los resultados del impu-
dor mantienen al ciudadano en el estado inmoral esencial a las leyes del gobierno repu-
blicano, obligaron a las jóvenes a exhibirse desnudas en el teatro
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. Roma imitó pronto
este ejemplo: bailaban desnudas en los juegos de Flora; la mayoría de los misterios pa-
ganos se celebraban así; la desnudez pasó incluso por virtud entre algunos pueblos. Sea
como fuere, del impudor nacen las inclinaciones lujuriosas; lo que resulta de tales
inclinaciones constituye los pretendidos crímenes que estamos analizando, y cuya
primera consecuencia es la prostitución. Ahora que hemos superado en este punto la
multitud de errores religiosos que nos cautivaban, y ahora que, más cerca de la
naturaleza por la cantidad de prejuicios que acabamos de destruir, sólo escuchamos su
voz, completamente seguros de que, si hubiera crimen en algo, sólo radicaría en resistir
a las inclinaciones que nos inspira antes que en combatirlas, persuadidos de que, siendo
la lujuria una secuela de tales inclinaciones, se trata menos de apagar esta pasión en
nosotros que de regular los medios de satisfacerla en paz. Debemos, por tanto,
dedicarnos a poner orden en este punto, a establecer toda la seguridad precisa para que
el ciudadano, a quien la necesidad acerca a los objetos de lujuria, pueda entregarse con
esos objetos a cuanto sus pasiones le prescriban, sin hallarse encadenado nunca por
nada, porque no hay en el hombre ninguna pasión que tenga mayor necesidad de toda la
extensión de la libertad que ésta. En las ciudades se crearán distintos emplazamientos
sanos, espaciosos, cuidadosamente amueblados y seguros en todos sus puntos; ahí,
todos los sexos, todas las edades, todas las criaturas, serán ofrendados a los caprichos
de los libertinos que vayan a gozar, y la subordinación más completa será la regla de los
individuos presentados; la negativa más leve será castigada al punto, a capricho de
quien la haya sufrido. Todavía debo explicar esto, ajustarlo a las costumbres republica-
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Se ha dicho que la intención de estos legisladores era, embotando la pasión que los hombres sienten
por una muchacha desnuda, hacer más activa la que los hombres sienten a veces por su sexo. Esos sabios
mostraban lo que querían que se rechazara y ocultaban lo que creían hecho para inspirar los más dulces
deseos; en cualquier caso ¿no trabajaban con vistas a la meta que acabamos de mencionar? Como se ve,
comprendían la necesidad de la inmoralidad en las costumbres republicanas.