Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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frido. Todavía debo explicar esto, ajustarlo a las costumbres republicanas; he prometido
la misma lógica para todo y mantendré mi palabra.
Si, como acabo de decir hace un instante, ninguna pasión tiene más necesidad de toda
la extensión de la libertad que ésta, ninguna indudablemente es tan despótica; es en ella
donde el hombre gusta de ordenar, de ser obedecido, de rodearse de esclavos obligados
a satisfacerle; ahora bien, cada vez que no deis al hombre el medio secreto de exhalar la
dosis de despotismo que la naturaleza puso en el fondo de su corazón, se abalanzará,
para ejercerlo, sobre las criaturas que lo rodeen, perturbará el gobierno. Si queréis evi-
tar este peligro, permitid libre vuelo a esos deseos tiránicos que, a su pesar, le atormen-
tan constantemente; contento por haber podido ejercer su pequeña soberanía en medio
del harén de icoglanes
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o de sultanas que vuestros cuidados y su dinero le someten,
saldrá satisfecho y sin ningún deseo de perturbar un gobierno que le asegura de modo
tan complaciente todos los medios de su concupiscencia. Practicad, por el contrario, un
proceder diferente, imponed sobre esos objetos de la lujuria pública las ridículas trabas
antaño inventadas por la tiranía ministerial y por la lubricidad de nuestros Sardanápa-
los
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; el hombre, exasperado al punto contra vuestro gobierno, celoso en seguida del
despotismo que os ve ejercer completamente solos, sacudirá el yugo que le imponéis, y,
harto de vuestra forma de regirle, la cambiará como acaba de hacerlo.
Ved cómo trataban los legisladores griegos, bien imbuidos de estas ideas, el desenfre-
no en Lacedemonia, en Atenas; embriagaban con él al ciudadano, en lugar de prohibír-
selo; ningún género de lubricidad les estaba prohibido, y Sócrates, declarado por el orá-
culo el más sabio de los filósofos de la tierra, pasando indiferentemente de los brazos
de Aspasia a los de Alcibíades, no por ello dejaba de ser gloria de Grecia. Iré todavía
más lejos; por contrarias que sean mis ideas a nuestras actuales costumbres, como mi
meta es probar que debemos apresurarnos a cambiar estas costumbres si queremos con-
servar el gobierno adoptado, voy a tratar de convenceros de que la prostitución de las
mujeres conocidas con el nombre de honestas no es más peligrosa que la de los hom-
bres, y que no sólo debemos asociarlas a las lujurias practicadas en las casas que esta-
blezco, sino que incluso debemos erigir para ellas otras donde sus caprichos y las nece-
sidades de su temperamento, de un ardor muy diferente del nuestro, puedan asimismo
satisfacerse con todos los sexos.
En primer lugar, tcon qué derecho pretendéis que las mujeres sean exceptuadas de la
ciega sumisión que la naturaleza les prescribe para con los caprichos de los hombres? Y
luego, con qué otro derecho pretendéis someterlas a una continencia imposible para su
fisico y absolutamente inútil a su honor?
Voy a tratar por separado cada una de estas cuestiones.
Es cierto que, en el estado de naturaleza, las mujeres nacen vulgívagas, es decir, que
gozan de las ventajas de los demás animales hembras y pertenecen, como ellas y sin
ninguna excepción, a todos los machos; tales fueron, indudablemente, tanto las prime-
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Icoglán: según el Diccionario Littré: «Paje del Gran Señor». [Nota del T.]
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Se sabe que el infame y malvado Satrine [Jefe de la policía, que fue amigo y protector además de Di-
derot y de la Enciclopedia] le preparaba a Luis XV medios de lujuria, haciendo leer tres veces por semana,
de labios de la Dubarry, el pormenor privado, y enriquecido por él, de cuanto pasaba en los lugares de mala
nota de París. Esta rama del libertinaje del Nerón francés le costaba al Estado tres millones.