Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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una ley de las más equitativas, contra la que no podría invocarse ningún motivo legíti-
mo o justo.
Un hombre que quiera gozar de una mujer o de una muchacha cualquiera podrá, si las
leyes que promulguéis son justas, obligarla a que esté en una de las casas de que he
hablado; y allí, bajo la supervisión de las matronas de este templo de Venus, le será en-
tregada para satisfacer, con tanta humildad como sumisión, todos los caprichos que le
agrade tener con ella, por más que sean extravagancias o irregularidades, porque no hay
ninguna que no esté en la naturaleza, ninguna que no sea aprobada por ella. Tampoco se
trata aquí de fijar la edad; porque pretendo que no se puede hacer sin perturbar la libertad
de quien desea el goce de una muchacha de tal o cual edad. Quien tiene derecho a comer
el fruto de un árbol puede, con toda evidencia, cogerlo maduro o verde, según las inspira-
ciones de su gusto. Se me objetará que hay una edad en que el comportamiento del hom-
bre perjudica decididamente la salud de la muchacha. Esta consideración carece de valor;
desde el momento en que me concedéis el derecho de propiedad sobre el goce, este dere-
cho es independiente de los efectos producidos por el goce; desde entonces da lo mismo
que ese goce sea provechoso o perjudicial para la criatura que debe someterse a él. ¿No
he probado ya que era legal forzar la voluntad de una mujer en este punto y que, tan pron-
to como inspira el deseo del goce, debía someterse a ese goce, abstracción hecha de cual-
quier sentimiento egoísta? Lo mismo ocurre con su salud. Desde el momento en que las
consideraciones que se tengan al respecto destruyan o debiliten el goce de quien la desea,
y que tiene derecho a apropiársela, esa consideración de la edad nada significa, porque no
se trata en modo alguno de lo que puede sufrir el objeto condenado por la naturaleza y
por la ley al sometimiento momentáneo de los deseos del otro; en este examen se trata
sólo de lo que conviene a aquel que desea. Ya nivelaremos la balanza.
Sí, indudablemente debemos nivelarla; a estas mujeres a las que acabamos de esclavizar
tan cruelmente, debemos compensarlas a todas luces, y es lo que va a constituir la res-
puesta a la segunda cuestión que me he propuesto.
Si admitimos, como acabamos de hacer, que todas las mujeres deben ser sometidas a
nuestros deseos, podemos permitirles evidentemente satisfacer todos los suyos; nuestras
leyes deben favorecer en este punto su temperamento de fuego, y es absurdo haber colo-
cado tanto su honor como su virtud en la fuerza natural que ponen en resistir a inclinacio-
nes que han recibido con mucha más profusión que nosotros; esta injusticia de nuestras
costumbres es más de temer dado que, al mismo tiempo, consentimos en hacerlas débiles
a fuerza de seducción y en castigarlas luego por ceder a todos los esfuerzos que nosotros
hemos hecho para provocarlas a la caída. Toda la absurdidad de nuestras costumbres está
escrita, a lo que me parece, en esa desigual atrocidad, y su sola exposición debería hacer-
nos sentir la extremada necesidad que tenemos de cambiarlas por otras más puras. Digo,
pues, que las mujeres, que han recibido inclinaciones mucho más violentas que nosotros a
los placeres de la lujuria, podrán entregarse a ellas cuanto quieran, absolutamente li-
beradas de todos los lazos del himeneo, de todos los falsos prejuicios del pudor, absolu-
tamente vueltas al estado natural; quiero que las leyes les permitan entregarse a tantos
hombres como buenamente les parezca; quiero que el goce de todos los sexos y de todas
las partes del cuerpo les sea permitido igual que a los hombres, y, bajo cláusula especial
de entregarse asimismo a cuantos las deseen, es preciso que tengan la libertad de gozar
igualmente de cuantos ellas crean dignos de satisfacerlas.