Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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¿Cuáles son, me pregunto, los peligros de esta licencia? ¿Niños sin padres? Pero ¿y
qué importa eso en una república en que todos los individuos no deben tener más madre
que la patria, en que todos los que nacen son hijos de la patria? ¡Ah, cuánto más no la
amarán los que, no habiendo conocido nunca a otra que ella, sabrán desde que nazcan
que sólo de ella deben esperarlo todo? No soñéis con hacer buenos republicanos mien-
tras aisléis en sus familias a los niños, que únicamente deben pertenecer a la república.
Otorgando sólo a algunos individuos la dosis de afecto que deben repartir entre todos
sus hermanos, adoptan inevitablemente los prejuicios, con frecuencia peligrosos, de es-
tos individuos; sus opiniones, sus ideas, se aíslan, se particularizan, y todas las virtudes
de un hombre de Estado se vuelven absolutamente imposibles. Abandonando, en fin, su
corazón entero a quienes los han hecho nacer, en su corazón ya no encuentran ningún
afecto por aquella que debe hacerlos vivir, darlos a conocer e ilustrarlos, como si estos
segundos beneficios no fueran más importantes que los primeros. Si hay el menor in-
conveniente en dejar a los niños mamar así en sus familias intereses a menudo muy di-
ferentes de los de la patria, sólo hay ventajas separándolos de ellas; ¿no se los separa
naturalmente por los medios que propongo? Al destruir absolutamente todos los lazos
del himeneo, de los placeres de la mujer no nacen más frutos que niños a los que el co-
nocimiento de su padre les está totalmente prohibido, y con ello los medios de pertene-
cer sólo a una misma familia, en lugar de ser, como deben, hijos de la patria.
Habrá, pues, casas destinadas al libertinaje de las mujeres y, como las de los hombres,
estarán puestas bajo la protección del gobierno; allí les serán proporcionados todos los
individuos de uno y otro sexo que puedan desear, y cuanto más frecuenten estas casas
tanto más serán estimadas. No hay nada tan bárbaro ni tan ridículo como haber unido el
honor y la virtud de las mujeres a la resistencia que ponen a los deseos que han recibido
de la naturaleza y que enardecen sin cesar a quienes cometen la barbarie de censurarlas.
Desde su más tierna edad
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, una joven liberada de los lazos paternos, que ya no tiene
nada que conservar para el himeneo (absolutamente abolido por las sabias leyes que de-
seo), por encima del prejuicio que antaño encadenaba su sexo podrá, pues, entregarse a
cuanto le dicte su temperamento en las casas establecidas al efecto; allí será recibida
con respeto, satisfecha con abundancia, y, de regreso a la sociedad, podrá hablar en ella
tan públicamente de los placeres que haya gustado como hoy lo hace de un baile o de
un paseo. Sexo encantador, serás libre; gozarás como los hombres de todos los placeres
que la naturaleza te impone como un deber; no reprimirás ninguno. La parte más divina
de la humanidad, ¿debe acaso recibir cadenas de la otra? ¡Ah, rompedlas, la naturaleza
lo exige!; no tengáis más freno que vuestras inclinaciones, más leyes que vuestros de-
seos, más moral que la de la naturaleza; no languidezcáis más tiempo en estos prejui-
cios bárbaros que marchitan vuestros encantos y cautivan los divinos impulsos de vues-
tros corazones
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sois libres como nosotros, y la carrera de los combates de Venus está
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Las babilonias no aguardaban a los siete años para llevar sus primicias al templo de Venus. El primer
movimiento de concupiscencia que experimenta una muchacha es el momento que la naturaleza le marca
para prostituirse y, sin ninguna otra consideración, debe ceder desde el momento en que su naturaleza
habla; si se resiste, ultraja sus leyes.
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Las mujeres no saben hasta qué punto las embellecen sus lascivias. Compárese a dos mujeres de edad
y de belleza casi semejantes, una de las cuales vive en el celibato y otra en el libertinaje: así se verá cuánto
la supera ésta en esplendor y frescura; cualquier violencia hecha a la naturaleza marchita mucho más que el
abuso de los placeres; no hay nadie que ignore que los partos embellecen a una mujer.