Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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abierta para vosotras lo mismo que para nosotros; no temáis más absurdos reproches; la
pedantería y la superstición han sido aniquiladas; ya no se os verá ruborizaros por vues-
tros encantadores extravíos; coronadas de mirtos y de rosas, la estima que con-
cebiremos por vosotras será proporcional sólo a la mayor amplitud que vosotras mismas
os hayáis permitido dar a tales extravíos.
Lo que acabo de decir debería dispensarnos, sin duda, de examinar el adulterio;
echemos sobre él no obstante una ojeada, por nulo que sea según las leyes que establez-
co. ¡Cuán ridículo era considerarlo criminal en nuestras antiguas instituciones! Si había
algo absurdo en el mundo, era, con toda seguridad, la eternidad de los vínculos conyu-
gales; en mi opinión bastaba con examinar o sentir toda la pesadez de estos vínculos
para dejar de considerar como crimen la acción que los aflojaba; la naturaleza, como
hemos dicho hace un momento, ha dotado a las mujeres de un temperamento más ar-
diente, de una sensibilidad más profunda que a los individuos del otro sexo, y por ello
les vuelve más pesado el yugo de un himeneo eterno. Mujeres tiernas y abrasadas por el
fuego del amor, resarcíos ahora sin miedo; convenceos de que no puede existir mal al-
guno en seguir los impulsos de la naturaleza, de que no habéis sido creadas para un solo
hombre, sino para placer indistintamente a todos. Que ningún freno os detenga. Imitad a
las republicanas de Grecia; nunca los legisladores que les dieron leyes creyeron conver-
tir en crimen el adulterio, y casi todos autorizaron el desorden de las mujeres. Tomás
Moro prueba en su Utopía que es ventajoso para las mujeres entregarse al desenfreno, y
las ideas de este gran hombre no siempre eran sueños
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Entre los tártaros, cuanto más se prostituía una mujer tanto más honrada era; llevaba
públicamente al cuello las marcas de su impudicia, y no se estima ba a las que no lleva-
ban ese adorno. En Pegú
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las propias familias entregan sus mujeres o sus hijas a los
extranjeros que viajan: ¡se las alquilan a tanto por día, como los caballos y los carrua-
jes! En fin, varios volúmenes no bastarían para demostrar que nunca se consideró la lu-
juria un crimen en ninguno de los pueblos sabios de la tierra. Todos los filósofos saben
de sobra que sólo a los impostores cristianos debemos haberlo erigido en crimen. Los
sacerdotes tenían por supuesto su motivo al prohibirnos la lujuria: esta recomendación,
reservando para ellos el conocimiento y la absolución de estos pecados secretos, les da-
ba un increíble dominio sobre las mujeres y les abría una carrera de lubricidad cuya ex-
tensión no tenía límites. Ya sabemos de qué modo se aprovecharon de ello, y cómo se-
guirían abusando si su crédito no se hubiera perdido sin remisión.
¿Es el incesto más peligroso? Indudablemente no; amplía los lazos de las familias y
en consecuencia vuelve más activo el amor de los ciudadanos por la patria; nos es dic-
tado por las primeras leyes de la naturaleza, lo sentimos, y el goce de objetos que nos
pertenecen nos parece siempre más delicioso. Las primeras instituciones favorecen el
incesto; lo encontramos en el origen de las sociedades; está consagrado por todas las
religiones; todas las leyes lo han favorecido. Si recorremos el universo, encontraremos
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Este mismo autor quería que los prometidos se viesen completamente desnudos antes de desposarse.
¡Cuántos matrimonios fallarían si esa ley se cumpliese! Debe admitirse que lo contrario es lo que se dice
comprar la mercancía sin haberla visto.
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Pegú, antiguo reino desaparecido, ubicado en Birmania. [Nota del T]