Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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el incesto establecido por doquier. Los negros de la Costa de la Pimienta y de Río Ga-
bón prostituyen sus mujeres con sus propios hijos; el mayor de los hijos en el reino de
Judá debe desposar a la mujer de su padre; los pueblos del Chile se acuestan indistinta-
mente con sus hermanas, con sus hijas, y se casan a menudo a la vez con la madre y la
hija. Me atrevo a asegurar, en resumen, que el incesto debería ser la ley de todo gobier-
no cuya base fuera la fraternidad. ¿Cómo pudieron hombres razonables llevar el absur-
do hasta el punto de creer que el goce de su madre, de su hermana o de su hija podría
ser alguna vez criminal? ¿No es, os pregunto, abominable prejuicio considerar crimen
el hecho de que un hombre estime en más para su goce el objeto al que el sentimiento
de la naturaleza más le acerca? Equivaldría a decir que nos está prohibido amar dema-
siado a los individuos que la naturaleza más nos ordena que amemos, y que cuantas más
inclinaciones nos hace sentir hacia un objeto, tanto más nos ordena al mismo tiempo
que nos alejemos de él. Estas contradicciones son absurdas: sólo pueblos embrutecidos
por la superstición pueden creerlas o adoptarlas. La comunidad de mujeres que yo esta-
blezco, entraña necesariamente el incesto y deja poco que decir sobre un presunto delito
cuya nulidad está demasiado demostrada para que sigamos insistiendo; y vamos a pasar
a la violación que, a la primera ojeada, parece ser, de todos los extravíos del libertinaje,
aquel cuya lesión está mejor establecida en razón del ultraje que parece hacer. Es, sin
embargo, cierto que la violación, acción rara y muy difícil de probar, causa menos per-
juicio al prójimo que el robo, puesto que éste invade la propiedad que el otro se conten-
ta con deteriorar. ¿Qué tendréis pues que objetar al violador si os responde que, de
hecho, el mal que ha cometido es más bien mediocre, puesto que no ha hecho sino po-
ner un poco antes a la criatura de que ha abusado en el estado en que poco después
había de ponerle el himeneo o el amor?
Mas la sodomía, ese presunto crimen que atrajo el fuego del cielo sobre las ciudades
entregadas a él, ¿no es un extravío monstruoso cuyo castigo nunca podría ser demasia-
do fuerte? Es sin duda muy doloroso para nosotros tener que reprochar a nuestros ante-
pasados los asesinatos judiciales que osaron permitirse en este tema. ¿Es posible ser tan
bárbaro como para atreverse a condenar a muerte a un desgraciado individuo cuyo úni-
co crimen es no tener los mismos gustos que vosotros? Uno se estremece cuando piensa
que, no hace aún cuarenta años, la absurdidad de los legisladores estaba todavía en ese
punto. Consolaos, ciudadanos; tales absurdos no volverán: la sabiduría de vuestros le-
gisladores os responde de ello. Completamente esclarecida sobre esta debilidad de al-
gunos hombres, hoy se comprende perfectamente que semejante error no puede ser cri-
minal, y que la naturaleza no podría haber otorgado al fluido que corre en nuestros ri-
ñones una importancia tan grande como para enfadarse por el camino que nos plazca
hacer tomar a ese licor.
¿Cuál es el único crimen que puede existir aquí? Probablemente no lo es ponerse en
tal o cual lugar, a menos que se quiera sostener que todas las partes del cuerpo no son
iguales, y que hay unas puras y otras mancilladas; pero como es imposible seguir ade-
lante con tales absurdos, el único presunto delito sólo podría consistir en este caso en la
pérdida de la simiente. Ahora yo me pregunto si es verosímil que esa simiente sea tan
preciosa a los ojos de la naturaleza que se vuelva imposible perderla sin crimen. ¿Pro-
cedería ella a diario a pérdidas semejantes si así fuera? ¿Y no es autorizarlas permitirlas
durante el sueño, en el acto del goce de una mujer embarazada? ¿Podemos imaginar que
la naturaleza nos dé la posibilidad de un crimen que la ultraja? ¿Puede consentir que los