Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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hombres destruyan sus placeres y se hagan así más fuertes que ella? Es inaudito el
abismo de absurdos a que uno se lanza cuando para razonar se abandona la antorcha de
la razón. Tengamos, pues, por seguro que es tan sencillo gozar de una mujer de una
manera como de otra, que es absolutamente indiferente gozar de una muchacha que de
un muchacho, y que, una vez comprobado que en nosotros no pueden existir otras incli-
naciones que las que hemos recibido de la naturaleza, ésta es demasiado sabia y dema-
siado consecuente para haber puesto en nosotros algo que puede ofenderla alguna vez.
El de la sodomía es resultado de la organización, y nosotros no contribuimos en nada
a esa organización. Niños en su más temprana edad anuncian este gusto, y ya no se co-
rrigen de él nunca. A veces es fruto de la saciedad; pero incluso en este caso, ¿pertene-
ce menos por ello a la naturaleza? Desde cualquier enfoque, es obra suya, y en todos los
casos lo que ella inspira debe ser respetado por los hombres. Si mediante un censo
exacto se llegara a probar que este gusto afecta infinitamente más a uno que a otro, que
los placeres que de él resultan son mucho más vivos y que por este motivo sus partida-
rios son mil veces más numerosos que sus enemigos, ¿no podríamos deducir que, lejos
de ultrajar a la naturaleza, este vicio serviría sus miras, y que le importa menos la pro-
creación de lo que nosotros tenemos la locura de creer? Y, recorriendo el universo, ¡a
cuántos pueblos no vemos despreciar a las mujeres! Los hay que sólo se sirven de ella
para tener el hijo necesario para reemplazarlos. La costumbre que los hombres tienen de
vivir juntos en las repúblicas siempre volverá este vicio más frecuente, pero no es desde
luego peligroso. ¿Lo habrían introducido los legisladores de Grecia si así lo hubieran
creído? Muy lejos de eso, lo creían necesario para un pueblo guerrero. Plutarco nos
habla con entusiasmo del batallón de los amantes y de los amados; ellos solos defendie-
ron durante mucho tiempo la libertad de Grecia. Este vicio reinó en la asociación de las
hermandades de armas; la cimentó; los mayores hombres estuvieron inclinados a él.
Toda América, cuando fue descubierta, se la encontró poblada por personas de este gus-
to. En Luisiana, los indios Illinois, vestidos de mujeres, se prostituían como cortesanas.
Los negros de Benguelé mantenían públicamente a hombres; casi todos los serrallos de
Argelia están poblados en la actualidad sólo por muchachos. En Tebas no se contenta-
ban con tolerarlo: ordenaban el amor de los muchachos; el filósofo de Queronea
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lo
prescribió para suavizar las costumbres de los jóvenes.
Ya sabemos hasta qué punto reinó en Roma: había allí lugares públicos en que los jó-
venes se prostituían vestidos de muchachas y las muchachas vestidas de muchachos.
Marcial, Catulo, Tibulo, Horacio y Virgilio escribían cartas a hombres como a sus
amantes, y en Plutarco finalmente leemos
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que las mujeres no deben tener ninguna par-
ticipación en el amor de los hombres. Los amasios de la isla de Creta raptaban antaño a
muchachos con las más singulares ceremonias. Cuando amaban a uno, participaban a
los padres el día en que el raptor quería raptarlo; el joven oponía alguna resistencia si su
amante no le placía; en caso contrario, partía con él, y el seductor lo devolvía a su fami-
lia tan pronto como lo había utilizado; porque en esta pasión, como en la de las muje-
res, se tiene demasiado cuando uno ha tenido bastante. Estrabón nos dice que, en esa
misma isla, los serrallos sólo se llenaban con muchachos: los prostituían públicamente.
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Sócrates. [Nota del T.]
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Obras morales. Tratado del amor.