Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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¿Queréis una última autoridad, hecha para demostrar cuán útil es este vicio en una re-
pública? Escuchemos a jerónimo el Peripatético. El amor de los muchachos, nos dice,
se extendía por toda Grecia porque daba valor y fuerza, y porque servía para expulsar a
los tiranos; las conspiraciones se formaban entre amantes, y antes se dejaban torturar
que denunciar a sus cómplices; de esta manera, el patriotismo sacrificaba todo a la
prosperidad del estado; estaban seguros de que estas relaciones fortalecían la república,
clamaban contra las mujeres y era debilidad reservada al despotismo unirse a estas cria-
turas.
Siempre la pederastia fue vicio de los pueblos guerreros. César nos enseña que los ga-
los estaban completamente entregados a él. Las guerras que tenían que sostener las re-
públicas, al separar los dos sexos, propagaron el vicio, y cuando se reconocieron secue-
las tan útiles al estado, la religión lo consagró al punto. Se sabe que los romanos santi-
ficaron los amores de Júpiter y de Ganímedes. Sexto Empírico nos asegura que esta
fantasía era obligatoria entre los persas. Finalmente, las mujeres celosas y despreciadas
ofrecieron a sus maridos el mismo servicio que recibían de los jóvenes; algunos lo pro-
baron y volvieron a sus antiguas costumbres por no parecerles posible la ilusión.
Los turcos, muy inclinados a esta depravación que Mahoma consagró en su Corán,
aseguran no obstante que una virgen muy joven puede reemplazar bastante bien a un
muchacho, y raramente las hacen mujeres sin haber pasado por esta prueba. Sixto Quin-
to y Sánchez permitieron este desenfreno; el último se propuso probar incluso que era
útil a la procreación, y que un niño creado tras este curso previo estaba infinitamente
mejor constituido. Finalmente, las mujeres se resarcieron entre sí. Esta fantasía no tiene
indudablemente más inconvenientes que la otra, porque el resultado es sólo la negativa
a crear, y porque los medios de quienes tienen el gusto de la población son lo bastante
potentes como para que los adversarios nunca puedan perjudicarles. Los griegos basa-
ban asimismo este extravío de las mujeres en razones de Estado. De él resultaba que,
bastándose entre sí, sus comunicaciones con los hombres eran menos frecuentes y así
no perjudicaban los asuntos de la república. Luciano nos enseña los progresos que hizo
esta licencia, y no sin interés la vemos en Safo.
En una palabra, no hay ninguna clase de peligro en todas estas manías: aunque llega-
sen más lejos, aunque llegasen a rozarse con monstruos y animales, como nos enseña el
ejemplo de muchos pueblos, no habría en todas estas nimiedades el menor inconvenien-
te, porque la corrupción de las costumbres, con frecuencia muy útil en un gobierno, no
podría perjudicarlo desde ningún punto de vista, y debemos esperar de nuestros legisla-
dores suficiente sabiduría y suficiente prudencia para estar completamente seguros de
que ninguna ley emanará de ellos para la represión de estas miserias que, por derivar
totalmente de la organización, no podrían hacer a quien siente inclinación por ellas más
culpable de lo que lo es el individuo que la naturaleza creó contrahecho.
En la segunda clase de delitos del hombre hacia sus semejantes sólo nos queda exa-
minar el asesinato; luego pasaremos a sus deberes para consigo mismo. De todas las
ofensas que el hombre puede hacer a su semejante, el asesinato es, sin contradicción, la
más cruel de todas puesto que le quita el único bien que ha recibido de la naturaleza, el
único cuya pérdida es irreparable. Muchas cuestiones sin embargo se plantean aquí,
abstracción hecha del mal que el asesino causa a quien se convierte en su víctima.
l. Esta acción, considerada desde las leyes solas de la naturaleza, ¿es realmente crimi-
nal?