Librodot La filosofía en el tocador Marqués de Sade
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2. ¿Lo es desde las leyes de la política? 3. ¿Es perjudicial para la sociedad?
4. ¿Cómo debe considerarse en un gobierno republicano?
5. Finalmente, ¿debe reprimirse el asesino mediante el asesinato?
Vamos a examinar por separado cada una de estas cuestiones: el tema es lo bastante
esencial para permitir que nos detengamos en él; quizá parezcan nuestras ideas algo
fuertes, ¿qué importa? ¿No hemos adquirido el derecho a decir todo? Desarrollemos
para los hombres grandes verdades: las esperan de nosotros; es hora de que el error des-
aparezca, es preciso que su venda caiga junto con la corona de los reyes. ¿Es el asesina-
to un crimen a ojos de la naturaleza? Ésa es la primera cuestión planteada.
Indudablemente vamos a humillar aquí el orgullo del hombre, rebajándolo al rango de
todas las demás producciones de la naturaleza, pero el filósofo no halaga las pequeñas
vanidades humanas; ardiente perseguidor de la verdad, la discierne bajo los tontos pre-
juicios del amor propio, la alcanza, la desarrolla y la muestra audazmente a la tierra
asombrada.
¿Qué es el hombre y qué diferencia hay entre él y las demás plantas, entre él y los
demás animales de la naturaleza? Ninguna probablemente. Casualmente colocado, co-
mo ellos, en este globo, ha nacido como ellos; se propaga, crece y decrece como ellos;
llega como ellos a la vejez y como ellos cae en la nada tras el término que la naturaleza
asigna a cada especie de animales en razón de la constitución de sus órganos. Si las se-
mejanzas son tan exactas que resulta completamente imposible a la mirada escrutadora
del filósofo percibir desemejanzas, entonces habrá tanto mal en matar a un animal como
a un hombre, o tan poco en lo uno como en lo otro, y sólo en los prejuicios de nuestro
orgullo estará la distancia; pero nada hay tan desgraciadamente absurdo como los pre-
juicios del orgullo. Estrujemos no obstante la cuestión. No podéis dejar de convenir que
no sea igual destruir un hombre que una bestia; pero la destrucción de todo animal que
tiene vida, ¿no es decididamente un mal, como creían los pitagóricos y como creen hoy
todavía los habitantes de las riberas del Ganges? Antes de responder a esto, recordemos
en primer lugar a los lectores que sólo examinamos la cuestión en lo que atañe a la na-
turaleza; luego la contemplaremos en relación a los hombres.
Ahora yo pregunto qué valor pueden tener para la naturaleza individuos que no le
cuestan ni el menor esfuerzo ni el menor cuidado. El obrero sólo estima su obra en ra-
zón del trabajo que le cuesta, del tiempo que emplea en crearla. ¿Le cuesta el hombre a
la naturaleza? Suponiendo que le cueste, ¿le cuesta más que un mono o que un elefante?
Voy más lejos: ¿cuáles son las materias generadoras de la naturaleza? ¿De qué se com-
ponen los seres que vienen a la vida? Los tres elementos que los forman ¿no resultan de
la primitiva destrucción de los demás cuerpos? Si todos los individuos fueran eternos,
¿no se le haría imposible a la naturaleza crear otros nuevos? Si la eternidad de los seres
es imposible para la naturaleza, su destrucción se convierte, por tanto, en una de sus
leyes. Ahora bien, si las destrucciones le son tan útiles que en modo alguno puede pres-
cindir de ellas, y si no puede llegar a sus creaciones sin abrevar en esas masas de des-
trucción que le prepara la muerte, desde ese momento la idea de aniquilación que acha-
camos a la muerte no será ya real; no habrá aniquilamiento comprobado; lo que noso-
tros llamamos fin de un animal que tiene vida no será entonces un fin real sino una sim-
ple transmutación, cuya base es el movimiento perpetuo, verdadera esencia de la materia,
admitida por todos los filósofos modernos como una de sus primeras leyes. La muerte,
según estos principios irrefutables, no es por lo tanto más que un cambio de forma, un